“¿Tú no tienes una casa?; migrantes haitianos llegan a Ciudad de México

22 septiembre, 2021

Desde la tarde del martes, migrantes de Haití llegaron a Ciudad de México en busca de asilo, luego de permanecer por meses varados y ser agredidos por la Guardia Nacional y el INM en el sur del país. Organizaciones defensoras de migrantes piden a la Ciudad de México que abra un albergue para recibirlos, a COMAR que acelere trámites de atención y a los gobiernos federal y local a que no realicen redadas como lo hicieron en la frontera sur

Texto Daniela Rea y María Ruiz

Fotos: María Ruiz

CIUDAD DE MÉXICO.- Desde la tarde del martes 21 de septiembre decenas de personas Haitianas comenzaron a llegar a Ciudad de México. Venían de Tapachula donde estuvieron viviendo un par de meses en espera de refugio, hasta que fue insoportable: no tenían certeza de sus trámites, no les permitían trabajar, no tenían dinero, comida, un espacio digno para vivir y habían sufrido persecuciones, agresiones y redadas por parte de la Guardia Nacional y el Instituto Nacional de Migración.

“Necesitamos un lugar dónde dormir, ¿tú no tienes una casa?”, pregunta Marvensky, un niño haitiano de 8 años que llegó a la ciudad con su mamá y sus hermanos menores. “Tenemos frío, necesitamos un lugar dónde dormir, no tenemos dinero, no tenemos nada, necesitamos una casa”, insiste Marvensky afuera de las oficinas de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados, en la colonia Juárez.

Afuera de esas oficinas se ha congregado una centena de migrantes de Haití que buscan desesperadamente un refugio. Están formados con sus pocas pertenencias en la mano, pues no tienen un lugar para quedarse. Apenas unos cuantos encontraron lugar en el refugio Tochan, en Cafemin y otros más en el café La Resistencia. Pero falta techo, faltan camas, falta comida. Más cuando vienen del calor del sur del país a enfrentar el frío nocturno y las lluvias de Ciudad de México.

Marvensky habla un poco de español y es el intérprete de toda su familia, su mamá, papá y dos hermanos menores. Cuenta que llegaron por la mañana a Ciudad de México, después de un viaje de 12 días desde Tapachula, donde tenían dos meses viviendo.

“Viajamos en camión y un poco a pie, es difícil, lejos caminar desde allá”, dice Marvensky.

Fila de haitianos que esperan poder acceder a la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados.

Su familia tenía dos meses viviendo en Tapachula, a donde llegaron después de vivir en Chile durante 4 años. La falta de trabajo, la discriminación y el abuso contra ellos les hizo salir de Chile y enfocarse en llegar a Estados Unidos. Viajaron desde el sur del continente, llegaron a Tapachula y de ahí a la ciudad. No venían preparados para el frío y las lluvias.

Emma espera sentada en una banca la hora de su cita. Cuenta que en Tapachula hay mucha gente en COMAR.

“Por eso venimos para acá para ver si podemos tener documentos. La mayoría de la gente que no tiene plata y duerme en la calle está esperando refugio”, cuenta. 

Al final de la fila Emma espera con su esposo y su hija: “Hay países que presionan por el tema de migración. Están entregando cartas de deportación, después de 20 días no puedes permanecer en un país. Eso me dio mucho miedo, ni siquiera podía salir a comprar algo para comer”, cuenta Emma sobre sus vivencias en Tapachula.

“Los trámites en Tapachula estaban muy complicados, por eso llegaron a Ciudad de México. Hace tres años vine a COMAR y los trámites fueron muy rápidos. El mismo día que vine empezó mi trámite y esa misma semana me dieron mi licencia por razones humanitarias. Ahora parece más complicado porque aumentó la tasa de peticiones”, cuenta Jude, estudiante de criminología y expolicía en Haití.

Jude llegó a la COMAR este miércoles a las 5:30 de la mañana, él estudia en México y decidió apoyar a sus compatriotas como traductor en caso de ser necesario, sabe que hay quienes no logran hacer sus trámites por la barrera del idioma. Hay quienes pasaron la noche frente a las oficinas de la Comisión. Las familias que se fueron y llegaron después de las 10 de la mañana ya no alcanzaron cita, tendrán que volver e intentarlo el jueves. Para Jude el tema del hospedaje es esencial, sobre todo porque no saben cuándo van a conseguir un permiso de trabajo y quienes pueden pagar hoteles se están quedando sin dinero, cuenta.

Entre los y las migrantes se habla haitiano criollo, algunos hablan francés y otros, como Jean, hablan los idiomas de los países que han cruzado: criollo francés, de la Guayana francesa, portugués de Brasil y ahora está aprendiendo español. 

Jean llegó a Ciudad de México porque en Tapachula le dijeron que podría pedir cita en la COMAR hasta el año que viene. A los 19 años llegó a Brasil, allá trabajó recogiendo basura durante ocho años. Hace dos años que no ve a su familia y esa es una de las razones por las que decidió migrar, para encontrar un trabajo que le permita ganar lo suficiente para tener una vida digna y poder visitar a su familia cuando lo deseé. 

“Tú, yo, todos queremos eso, una vida digna. Donde la consiga, ahí me quedaré”, dice.

Natacha Capitainel viaja con su esposo André Nel y sus dos hijas, esperan conseguir permiso de trabajo en México.

Urgen albergues

Gabriela Chalte, coordinadora  del albergue Tochan para migrantes, tiene llamados urgentes al gobierno federal y al de Ciudad de México: urge abrir un espacio para recibir y albergar a los migrantes que están llegando a la capital; urge acelerar los procesos de trámite de refugio para que las personas migrantes puedan trabajar e independizarse; no deben realizar redadas aquí como lo hicieron en el sur del país. 

En Ciudad de México son tres albergues que trabajan con población migrante: Cafemin, Mambré y Tochan. Hermanos en el Camino cerró por falta de recursos. Tochan tiene capacidad para 30 personas, 30 camas que ya estaban ocupadas con centroamericanos de Honduras, Salvador y Guatemala, pero se han visto obligada a recibir a 15 personas, mujeres y una niña. “No podemos recibir más porque no hay capacidad para atender”, dijo Gabriela, de Tochan.

“El gobierno tiene que ponerse ágil para los trámites de solicitud de refugio porque eso significa que ellos tendrán que trabajar y hacerse independientes. Si están llegando aquí tienen que tener una ayuda humanitaria porque vienen cansados, golpeados, con hambre, en ese sentido es importante que se apoye a los albergues que los están atendiendo, que el gobierno envíe raciones de comida, apoyos para poder atender a la población migrante”.

Esta emergencia hizo que Ana Enamorado, madre de Óscar Antonio López, joven hondureño desaparecido en territorio mexicano, convocara a reaccionar de manera urgente a sus compañeros y compañeras del colectivo Huellas en la Memoria.

Durante la noche del martes se movilizaron para habilitar el taller de grabado del café La Resistencia como albergue, lograron dar refugio aproximadamente a 20 personas. Entre ellas aproximadamente catorce  familias con niñes y bebés.

“Vamos a impulsar entre amigos y defensores de derechos humanos de los migrantes que el Gobierno de la Ciudad se haga cargo. Se necesita un espacio urgente porque no pueden estar en la calle, hay muchos niños y no tienen qué comer. Es urgente porque la gente sigue llegando. Desde anoche pedí ayuda a la sociedad con aportaciones de comida, colchonetas, sábanas […] pero sobre todo el llamado es al gobierno: necesitamos un espacio digno y seguro para ellos”, dice Ana Enamorado.

Franciste Jean migró con su esposa y su hijo de dos meses. Encontraron refugio en el Café La Resistencia. Llevan cuatro años fuera de Haití. En Tapachula tampoco lograron una cita en la COMAR.

“Fue muy difícil salir de Tapachula, caminé mucho, crucé el agua, fue muy complicado para mi y mi familia. Tengo problemas para dormir y como estoy desempleado no tengo suficiente dinero. No me arrepiento de venir al Café, me recibieron con todo el corazón y han tenido paciencia con nosotros”.

Ana Enamorado logró conseguir un espacio para dormir a Franciste, su familia y a aproximadamente otras cuatro familias más. En cuanto se fueron llegaron a la cafetería más familias haitianas buscando refugio. 

Franciste y su bebé de dos meses.

Reportera. Autora del libro “Nadie les pidió perdón”; y coautora del libro La Tropa. Por qué mata un soldado”. Dirigió el documental “No sucumbió la eternidad”. Escribe sobre el impacto social de la violencia y los cuidados. Quería ser marinera.

Foránea siempre, lo suyo es lo audiovisual y el periodismo es la vía por donde conoce y cuestiona al mundo.

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