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Ellas y la guerra

Es indignante mas no sorprendente lo poco que se habla de las mujeres en el contexto de la “guerra contra las drogas”. Pese a que son las desechables para uno u otro bando, el eterno botín de guerra, también son las que mejor se articulan en contra de la guerra

Twitter: @celiawarrior

Ya que los recientes golpes de realidad en México han obligado a algunos a reconocer [aunque sea momentáneamente] que es la población civil quien sufre el mayor embate de un conflicto entre fuerzas armadas legales e ilegales; parece ser un buen momento para recordar cómo esa mal llamada “guerra contra las drogas” ha atravesado la vida de las mujeres de manera particular y ha repercutido en el actuar político de algunas.

No está de más decir que la experiencia de la guerra para las mujeres puede ser muy distinta a la de los hombres [muchos, estoy segura, ni siquiera calculan cuánto]. Para ellas el peligro de esa guerra no solo se da allá afuera, donde los hombres matan y mueren por el control de un territorio en disputa; sino que ellos —como quien trae mierda en la suela del zapato y la va regando por donde camina— llevan consigo esa potencia violenta que se retroalimenta con otra: la feminicida.

Para una mujer, nosotras lo sabemos bien, el primer territorio a defender es nuestro propio cuerpo. Luego, en la defensa de ese primer territorio estamos solas. Y en un contexto donde se añade la violencia de una guerra armada, aún más. Porque o es el compañero/vecino/amigo/novio que cree que cada cuerpo de mujer existe para su disfrute; o son los gobiernos que criminalizan a las mujeres que osan decidir que no quieren parir; o son las fuerzas armadas legales o ilegales quienes usan esos cuerpos como un botín de guerra, los violan y los transgreden independientemente del bando al que pertenezcan; porque es sobre ellos —nuevamente, sobre ese primer territorio— donde han plantado su bandera de dominio desde hace tiempo. 

Las feministas materialistas francesas teorizaron sobre la histórica apropiación física y espiritual de las mujeres por parte de los varones, considerando el sexo como un fenómeno de clase en el que las mujeres son la clase apropiada. Y analizaron, por ejemplo, el modo de producción doméstico como la base del sistema patriarcal que coexiste con el capitalista [hay que conocer “El principal enemigo” (1985) de Christine Delphy]. Una vez que pensamos en esa lógica de apropiación que prevalece, podemos comprender que en un conflicto armado las mujeres libran varias violencias: la primera, la que enfrentan todos, y la segunda, la que siempre está ahí en contra de ellas, la feminicida.

Ya sé que ese vato que siempre exige a las mujeres más evidencia que la experiencia personal y colectiva no me va a creer. Por eso voy a citar un análisis cuantitativo de la violencia desatada en 2006 en México, de los pocos enfocados en distinguir el incremento de homicidios de hombres y el de homicidios de mujeres. 

El análisis lo publicó la organización Equis Justicia en diciembre del año pasado, y no solo mostró que las tasas de asesinatos de hombres y de mujeres incrementaron a la par, a partir de 2007, cuando se intensificó la guerra, sino que el aumento se debió a un patrón: los asesinatos en el espacio público con armas de fuego. 

Pero pasa que en el caso de los asesinatos de mujeres, desde 1997 y durante más de una década, la mayoría sucedía en sus casas y no en el espacio público. Y a partir de 2009 esa tendencia se revirtió. Eso no quiere decir de ninguna manera que disminuyeron los homicidios de mujeres en sus viviendas, sino que a partir del conflicto armado las matan más en el espacio público y más con armas de fuego.

Esos datos son reveladores no solo porque ayudan a distinguir las violencias, sino para decir más claro: en el caso de las mujeres, las violencias se acumulan. De ahí la importancia de distinguir la experiencia de la guerra y considerar que la lógica de apropiación de los cuerpos de las mujeres, exacerbada por la guerra, alimenta la ya de por sí continua violencia feminicida.

Resulta indignante mas no sorprendente lo poco que se habla de las mujeres en el contexto de la “guerra contra las drogas”. Ya sabemos que el protagonismo no es de ellas, no por lo menos cuando se trata de empuñar el arma y lanzar la estrategia de ataque.

Los papeles que ellas desempeñan son “menos sexys”. Imagínense, pese a que son las desechables para uno u otro bando, el eterno botín de guerra, también son las que mejor se articulan en contra de la guerra. Ellas saben que la militarización o una nueva policía no resolverán la violencia porque —todas sabemos— ellos no te cuidan, te violan. Ellas sostienen la vida de las comunidades mientras otros imponen la muerte. Ellas, las que actúan cuando nadie lo hace, como las buscadoras. Ellas, las que convocan a seguir pensado estrategias para que ellos dejen de matarnos, como las zapatistas. Ellas, las que crean redes de protección y autodefensa, como algunas feministas… Tal vez todos tendríamos que aprender más de ellas.

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Periodista y escritora. Cuento historias con fe ciega en la promesa de que el periodismo puede ser “un instrumento para pensar, para crear y para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos”

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