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De ríos, de injusticias y de represas

Para hacer que los ríos sean un instrumento para el desarrollo de todos necesitamos entender las dinámicas hídricas en toda su complejidad y verlos como lo que son: ecosistemas vivos que nos dan de beber, pero también nos alimentan y sostienen la naturaleza de la que dependemos

Twitter: @eugeniofv

El territorio de México es atravesado por ríos de todos los tamaños, pero en el país se piensa poquísimo en ellos. Cuando se considera lo que pasa con estos afluentes es siempre partiendo de lo que ocurre sobre la tierra, nunca entendiéndolos como espacios que tienen sus propias dinámicas. Así, las pocas veces en que se los toma en cuenta es en tanto fuentes de agua para riego en el campo o para beber en las ciudades, pero nunca como espacios vivos. Esta perspectiva nos impide encontrar nuevas oportunidades de desarrollo y oculta amenazas peligrosas. Además, nos ha vuelto ciegos a una larga serie de injusticias.

Lo primero que se suele olvidar cuando desde lo terrestre se piensa en los ríos es que son el hábitat para una red vital complejísima, que va de los manantiales en los que nacen, arriba en las montañas, a los humedales que los llevan al mar. También suele olvidarse que, aunque el agua va en una sola dirección, la vida va en todos los sentidos: hay especies que se quedan en los remansos, pero las hay que se mueven de la costa a la montaña y de regreso cada año, en migraciones de las que dependen, también, muchas poblaciones terrestres, incluidas las comunidades humanas que viven río arriba. 

Ahí está uno de los problemas olvidados de la construcción de presas. Parecería que las principales afectaciones están en las comunidades que desaparecen cuando se construyen estas enormes reservas de agua –el caso de Temacapulín, que desaparecerá con la construcción de la presa de El Zapotillo, se ha vuelto emblemático al respecto. Sin embargo, los daños de estas enormes obras están por todas partes. 

Por ejemplo, para una comunidad que vive en la montaña, que tiene un grado de marginación alto o muy alto –como casi todas esas poblaciones- la fauna que recorre un río (los peces, los cangrejos, etcétera) puede ser una fuente constante y muy saludable de proteína. Poner una cortina de cemento en el cauce del río del que toma esos alimentos implica cortar de tajo el ciclo vital de estas especies, acabar con ellas. Estas obras atentan directamente contra la seguridad alimentaria en las regiones en las que se llevan a cabo. Como por lo general se trata de zonas con economías muy frágiles y muy aisladas, el impacto es enorme. 

Los efectos también son devastadores río abajo. Al hacerse una represa y alterarse el curso de un río, hay poblaciones enteras que pierden el acceso a un caudal de agua y de vida que había determinado su historia hasta ese momento. Nina Lakhani acaba de publicar un reportaje en The Guardian que documenta un caso especialmente grave de esta injusticia ambiental. En él habla del enorme contraste entre la vida a un lado y otro de la represa del río Colorado, y muestra cómo río arriba las comunidades ribereñas pueden desde refrescarse en tiempos de calor hasta respirar tranquilos porque siempre tienen agua de beber. Río abajo, en cambio, las tragedias se acumulan.

Por un lado, el 80 por ciento de los bosques y los humedales del delta del río Colorado se han perdido, además de que el estuario quedó terriblemente dañado, con lo que también se ha afectado la pesca en el golfo de California. Esto ha tenido “efectos devastadores para la vida marina, las aves migratorias, los mamíferos y las comunidades indígenas”, explica Lakhani. Por otra parte, las alteraciones al flujo del río, combinadas con el cambio climático y las sequías más prolongadas, han puesto en riesgo a millones de personas, porque las fuentes de agua alternativas son cada vez más frágiles. 

Hasta ahora, lo que nos lleva a condenar o elogiar una obra en un río es una visión muy parcial de lo que implica –qué ciudad va a poder usar el agua para drenar sus desperdicios, o qué distrito agrícola podrá regar sus tierras. Esto nos permite ver algunas injusticias –las comunidades que lo pierden todo porque la presa las inunda, por ejemplo- pero nos ocultan muchas otras, que están relacionadas con la complejidad de los ecosistemas riparios y nuestra relación con ellos. 

Para evitar más injusticias y para hacer que los ríos sean un instrumento para el desarrollo de todos –y no sólo de los corporativos que hacen las obras y de quienes reciben un caudal que se le quita a unos para dárselo a otros- necesitamos entender las dinámicas hídricas en toda su complejidad y verlos como lo que son: ecosistemas vivos que nos dan de beber, pero también nos alimentan y sostienen la naturaleza de la que dependemos.

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Consultor ambiental en el Centro de Especialistas y Gestión Ambiental.

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