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Aprendizajes sobre la rabia [II. Gritos e insurrección]

La desobediencia y la rebelión no siempre son características negativas en ellos, cuando sí las son indistintamente en ellas. Después de haber sido ignoradas o utilizadas, aún tienen el cinismo de exigir a las víctimas que controlen su rabia para ser escuchadas

Twitter: @CeliaWarrior

Lo mío no es gritar, pensaba cuando estaba en la primaria y sonaba la alarma que indicaba la hora de salida o el inicio del recreo e inmediatamente activaba una segunda alerta, el chillido emitido por mis compañeros y su emoción por ser finalmente liberados. El aullido era colectivo y se extendía por los pasillos y salones de la escuela. La situación, indiscutiblemente, me emocionaba también. Pero yo no gritaba. Ese momento álgido en que la voz alcanza un tono agudo al oído me era desagradable, pero sobre todo creía, yo no podía hacerlo como los niños lo hacían. Porque se trataba de un impulso y los impulsos —así como ellos podían arrastrarse por el piso con impunidad y yo no porque usaba falda— no eran de niñas.

Podría tratarse de un simple gesto de personalidad porque toda la vida he tenido problemas para que la gente me escuche, no (solo) porque no quieran escucharme, sino porque hablo bajito. Sucede que uno de los condicionamiento más potentes que adquirí de otra mujer fue el de hablar bajito, cuando no guardar silencio, nunca gritar. Lo aprendí por osmosis —nunca me lo impuso— de mi mamá.

Y mi vida de condicionamientos y aversión a los gritos vienen al cuento por una razón: no digo nada nuevo cuando afirmo que si una mujer grita, nunca representa lo mismo que cuando un hombre lo hace. La primera, suele ser considerada una histérica, irrespetuosa, es ignorada; el segundo muestra carácter, personalidad, llama la atención. Así es como yo terminé considerando negativo que una mujer grite o alce la voz.

De las mujeres se esperan tantas cosas que cada día me quedan menos dudas de que esa construcción absurda que nombramos feminidad es tan solo una contra versión de su masculinidad; tan básica que pareciera que gritar, protestar, rechazar, exigir son verbos que no alcanzan a conjugarse positivamente en femenino y, cuando lo hacen, adquieren en seguida una connotación negativa.

Ejemplo es la ola de agresiones en medios de comunicación y redes sociales que recibieron las mujeres que gritaron, protestaron y rechazaron que se estableciera como algo normal —algo que puede pasar y podemos discutir otro día— que sea conocido y bien sabido que la policía viola mujeres sistemáticamente. Ejemplo y colmo es que ante la exigencia de justicia, desde sus escalones de poder, las hayan llamado provocadoras.

La desobediencia y la rebelión no siempre son características negativas en ellos, cuando sí las son indistintamente en ellas. La insurrección de ellos puede estar justificada, ¿y la de ellas? ¿por qué parece ser que nunca es lo suficientemente legítima? ¿vamos a esperar a que ellos, los siempre abusadores y los siempre indolentes, la validen?

Alzar la voz, gritar, protestar es algo que han venido haciendo las víctimas de abusos sexuales que hoy aprovechan uno y otro hashtag para señalar abusos y abusadores; es lo que las madres de las víctimas de feminicidios, de “desaparecidas”, han hecho durante décadas en las calles, en las instituciones, de manera silenciosa, como se los han pedido y bajo el protocolo. Después de todo ello, de haber sido ignoradas o utilizadas, aún tienen el cinismo de exigir a las víctimas que controlen su rabia para ser escuchadas.

Destruir una estación de transporte público, sitio en donde las mujeres son diariamente acosadas y violentadas sin consecuencia alguna contra los agresores; prender fuego a la estación de una policía que jamás ha tenido la confianza de la población en general, pero que agrede y pretende someter a un sector específico de ella a través de la violencia sexual; denunciar a un Estado feminicida y apelar a una sociedad indolente interviniendo uno de sus símbolos más representativos: todas son acciones que simbolizan mucho, pero también marcan una insurrección real frente a quienes han decidido ignorar los muchos gritos. De ahí, la urgencia de desarticular esa insurrección.

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Periodista y escritora. Cuento historias con fe ciega en la promesa de que el periodismo puede ser “un instrumento para pensar, para crear y para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos”

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