Leyendo:
La muerte del Margaritas

Éste es uno de los últimos capítulos del exterminio del lobo mexicano, que llegó junto con los primeros vaqueros que colonizaron el “salvaje Oeste”. En particular la de un singular animal sin dos dedos en la pata delantera izquierda, cuya pérdida le valió aprendizaje y longevidad

@lydicar

Aquí va la vida y muerte del, quizá, lobo más célebre y notable del siglo XX: “Las Margaritas”.

Se le llamó así cuando, a finales de los años 60, atacaba los becerros del rancho Las Margaritas, en la frontera de Durango y Zacatecas. De su color y complexión no sabemos nada. Probablemente era un lobo mexicano promedio: más pequeño que los lobos del norte del continente, su tamaño era prácticamente el de un perro mediano, pero con patas muy largas y correosas; de colores castaños, cálidos; ojos ambarinos y con esa cierta cualidad iridiscente. No sabemos sobre su aspecto general, pero a Margaritas, a este singular animal, lo caracterizaba la ausencia de dos dedos en la pata delantera izquierda, dedos que perdió al pisar una trampa de metal, una de esas mandíbulas de hierro que, al activarse, se cierran, aprisionan y destrozan las extremidades. La experiencia le valió aprendizaje, porque Margaritas jamás volvió a caer en los engaños convencionales del humano. Y el hombre que finalmente lo mató sigue sin explicarse cómo es que los detectaba y escapaba de ellos.

En enero de 1970, Roy Mc Bride, uno de los cazadores de lobos más famosos de Estados Unidos, se encontraba en El Carmen, Durango. En ese entonces los de su gremio casi no tenían trabajo en su país; ya que los lobos habían sido casi por completo exterminados, a excepción de uno que otro vagabundo que ocasionalmente llegaba desde México. Fue así como este hombre alto, delgado, de rasgos finos y contenidos, con una piel extremadamente rosada y delicada para ser un hombre de exteriores, tenía la encomienda de matar una pareja de lobos. Ya había cazado a la hembra, pero el macho logró huir de la zona. Mc Bride esperaba: sabía que tarde o temprano aquél regresaría movido por el hambre. Los cerros y bosques ya no tenían venado ni caza. El lobo estaba condenado a depredar el ganado de los ranchos y ser perseguido por los dueños.

Pasados los días, la matanza de ganado reinició; y Mc Bride pensó que se trataba del macho huido, pero en las veredas distinguió la característica pisada de Margaritas: la ausencia de dos dedos. Ya había escuchado sobre el célebre lobo y las historias que de él contaban.

Matar a Margaritas se convirtió en obsesión.

Durante mayo, Margaritas mató ganado en Llano Grande; luego se retiró. En junio, asoló Santa Bárbara y mató 18 becerros; “jamás utilizaba una vereda dos veces; y si llegaba a un pastizal por un camino de leños, se alejaba por una vereda de ganado”, escribió Mc Bride en su ensayo “The Mexican Wolf” (1980).

Para julio, Margaritas por poco cayó en una trampa; su huella quedó a milímetros del gatillo del mecanismo. La leyenda dice que lo salvó el espacio que dejaron sus dedos mutilados. El haber estado tan cerca de la muerte pareció asustar al animal, ya que dejó la región por un par de meses. Pero regresó en septiembre; y los siguientes ocho meses mató un total de 96 becerros. 

En noviembre, una pareja de lobos comenzó a cazar en la zona. Una madrugada, Mc Bride halló sus huellas frescas. Habían pasado por una vereda poco antes de que cayera el rocío. Y tras ellos, después del rocío, las huellas de Margaritas. (¿Buscaba compañía el lobo solitario?) El trampero las siguió; y un centenar de metros más adelante, vio a la hembra, atrapada. Había caído en una de sus trampas de metal. Margaritas probablemente la vio con la pata destrozada, esperando la muerte; o escuchó su chillido a la distancia. La pareja de la loba y Margaritas escaparon de la región. En diciembre este último volvió, hambriento  “y comenzó a matar en un pastizal diferente”.

Mc Bride colocaba trampas a diario. Y a diario Margaritas las evadía. El cazador relata con azoro una ocasión en la que puso con el mayor esmero tres mandíbulas de hierro seguidas, en una vereda de ganado al pie de una montaña, flanqueada por altos y frondosos robles de enormes hojas. 

Previamente, el trampero había hervido las trampas en agua con hojas de roble, para evitar que el finísimo olfato del animal detectara el olor del hierro oxidado, o la sangre de los anteriores lobos muertos o el humor acre y mórbido del humano. Al llegar al lugar, antes de bajar de su caballo, colocó una piel de novillo y pisó sobre ella; de este modo no dejaría su olor, ni sus huellas. Después, procedió a colocar las trampas de forma “perfecta”, bajo las hojas que caían naturalmente de los árboles. No escatimó en detalles: antes de retirarse, removió la tierra con un cernidor para eliminar cualquier indicio de huella humana o aroma ajenos a la vereda. “Si las trampas  hubieran nacido ahí, no estarían mejor escondidas”, escribió. 

A los pocos días Mc Bride regresó. Margaritas había caminado por ahí. Sus huellas indicaron que se incorporó al camino a unos 30 metros de la primera trampa; pero cuando estaba a 4 metros de distancia, dejó el camino y rodeó; volvió al camino, directo a la segunda, pero, otra vez a pocos metros, la rodeó de nuevo. Mc Bride se acercó a la tercera. Había una presa. Era un coyote. Las huellas de Margaritas indicaron que había evadido esta trampa al igual que las otras dos.

El lobo escapó 25 kilómetros rumbo al oeste. “Había pasado casi un año y ahora estaba seguro de que jamás lo atraparía”, escribió McBride.

“Cómo es que el lobo percibía dónde se hallaban las trampas, es algo que no comprendo hasta la fecha”. Simplemente se percataba cuando el hombre modificaba algo en la naturaleza; algún olor, alguna huella. Algo que se escapaba al cazador. Si el lobo siempre detectaba la mano del hombre, sólo quedaba atraparlo cuando aquél se acercara por elección propia a los espacios humanos.

Los choferes de los tráileres madereros solían detenerse a un lado de las carreteras para cocinar. En ocasiones, después de que partían, Margaritas se acercaba a pepenar entre las brasas algún resto comestible. Mc Bride puso una trampa a un lado de la carretera. Y sobre la misma hizo un fuego. El metal quedó oculto bajo las cenizas. Después aventó un pedazo de zorrillo seco. El engaño fue efectivo. El 15 de marzo de 1971, Margaritas fue atrapado. Mc Bride lo mató ahí mismo. 

Para el tiempo en que McBride mató a Margaritas, sólo quedaba un puñado de lobos mexicanos en las tierras que alguna vez los albergaron: Arizona, Nuevo México, Chihuahua, Sonora, Durango. 

La muerte de Margaritas en realidad es uno de los últimos capítulos de una crónica de exterminio que llegó junto con los primeros vaqueros que colonizaron el “salvaje Oeste”.

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Lydiette Carrión Soy periodista. Si no lo fuera,me gustaría recorrer bosques reales e imaginarios. Me interesan las historias que cambian a quien las vive y a quien las lee. Autora de “La fosa de agua” (debate 2018).

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