Texto: José Ignacio De Alba. Fotos: Ximena Natera

4 de septiembre de 2018

Gracias y adiós

Más que un informe, fue un largo comercial de gobierno. Más que un presidente, fue un presentador de espectáculos. Enrique Peña Nieto apostó hasta el final de su sexenio al arsenal televisivo para proyectar su imagen, y para proyectar la imagen de un país muy, muy lejano

Los ensayos iniciaron desde las 8 de la mañana. Se probó el audio, las luces, el himno, los saludos. El guión fue repasado por la banda de guerra y por el Estado Mayor Presidencial. Los reporteros fueron citados cuatro horas antes. A los asistentes, unos 3 mil, se les pidió que vistieran “formal”. Para los gobernados, en cambio, el único acceso del informe presidencial, el último de Enrique Peña Nieto, fue la versión televisada.

No hubo margen de error, el presidente no tuvo improvisaciones, el selecto público aplaudió, al menos, una veintena de veces.

El espacio VIP estuvo reservado para los empresarios más ricos del país, familiares del presidente y altos funcionarios del gobierno. En el patio central de Palacio Nacional fue habilitado un escenario con altas mamparas, al mandatario lo flanquearon, por un lado, todos los secretarios de estado y por el otro, los gobernadores. Pero hubo seis que no llegaron: los panistas Javier Corral, de Chihuahua; Miguel Márquez, de Guanajuato, y Francisco Vega, de Baja California; los priistas Carlos Joaquín González, de Quintana Roo y Claudia Pavlovich, de Sonora, y el gobernador por 10 días de Chiapas, Willyam Oswaldo Ochoa.

Enrique Peña Nieto fue un espectador de su propio film. El hombre que mide 1.70 se vio proyectado en grandiosas imágenes inaugurando carreteras, hospitales, escuelas, ayudando en desastres naturales y abrazando amas de casa. El equipo contratado por la presidencia utilizó cámaras de cine para grabar los cinco largos spots del Sexto Informe de Gobierno.


El patio central del Palacio Nacional se convirtió en un gran set de tele. Las sillas de seis gobernadores quedaron vacías


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Hubo un tiempo en que los presidentes mexicanos rendían cuentas ante el Congreso de la Unión. Las ceremonias solemnes duraban horas, y los discursos encendían, por lo menos, al presidente en turno. Es memorable el último informe de gobierno de José López Portillo, cuando lloró y juró defender el peso “como un perro.

Pero eso se acabó en el nuevo milenio, cuando Vicente Fox inauguró la entrega a domicilio de los informes de gobierno. Desde entonces, los presidentes han preferido los cómodos mensajes controlados, sin preguntas de legisladores.

En poco más de 90 minutos que duró el evento, Peña Nieto presentó cinco videos temáticos: seguridad, política social, educación, economía y “responsabilidad global”. Luego de cada breve intervención introductoria, el presidente se sentaba junto a su familia para ver los logros del gobierno proyectados en cuatro enormes pantallas led.

Las imágenes aportaron poca información nueva y más bien fueron una repetición de lo publicitado durante todo el sexenio. Eran tan poco interesantes que los invitados preferían atender las pantallas de sus celulares.

Porque en este largo spot convertido en informe presidencial no se regateó el optimismo. El presidente aseguró, por ejemplo, que su gobierno “desterró la corrupción de la vida pública”.

Lo dijo sin la menor referencia a los escándalos que han abundado en su administración. Y sin que le pareciera contradictorio, o siquiera incómodo, tener entre los invitados especiales a Juan Armando Hinojosa Cantú, su contratista favorito y constructor de la “casa blanca”, el emblema de la corrupción sexenal.

Luego, aseguró que su gobierno “afectó viejos privilegios”, mientras su familia compartía la primera fila con los magnates más poderosos del país, como Carlos Slim, Germán Larrea y Alberto Bailléres.

Entre los invitados estuvieron también el actor Ignacio López Tarso, Carlos Aceves del Olmo, secretario general de la CTM, Juan Pablo Castañón, del Consejo Coordinador Empresarial, y todos los presidentes de los partidos políticos.

Y la autocrítica no cupo en el guión. De la reforma educativa — lo primero que será desechado por el gobierno entrante — dijo que “se emprendió la mayor inversión en infraestructura escolar que México haya realizado en su historia”.

Germán Larrea, dueño de Grupo México, y Carlos Slim. Los dos hombres más ricos de México estaban en primera fila de los invitados.


A las reformas estructurales las consideró como “el logro más trascendental de esta administración y nuestra mayor aportación al futuro del país”. Aseguró que “este es el sexenio del empleo”. Que México está cerca de erradicar la pobreza extrema. Que “los resultados de la política social nos alientan”. Que es el sexenio del turismo y de la inversión extranjera directa; el de la infraestructura y de la exportación de alimentos y manufacturas; el de la expansión celular y del internet, de los accesos financieros y de las energías limpias. 

En el mundo feliz de Peña Nieto, este es el sexenio de las más grandes cosas en la historia del país.

¿Ayotzinapa? ¿Tlatlaya? ¿Allende? Ni por asomo se presentaron en un discurso que desapareció doblemente a los desaparecidos. Tampoco dijo nada de los 85 asesinados diarios que hay en México, ni de la violencia que corroe la vida cotidiana.

Por el contrario, el presidente presumió avances en seguridad: “la violencia se combatió con inteligencia y con el uso legítimo de la fuerza”, dijo, mientras se proyectaban imágenes del Joaquín Guzmán Loera y helicópteros artillados.

Luego, hizo un especial agradecimiento a las fuerzas armadas. Les aplaudió, e invitó a los presentes a hacer lo mismo. Y el público, dócil, hizo lo propio de pie.

En el turno de la “responsabilidad global” Peña Nieto hizo alarde de que su gobierno abogó para el “restablecimiento del régimen democrático” en Venezuela y ha ayudado a mantenimiento de la paz en Medio Oriente, África, Sudamérica y el Caribe.


El Secretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos, y el Canciller Luis Videgaray, dos de los pilares del gobierno de Peña Nieto. En la segunda imagen, una imagen insólita: el mandatario flanqueado por los presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados, que pertenecen a un partido contrario, además del presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Luis María Aguilar.

Solo dos personas en las filas que flanqueaban al presidente no aplaudían los éxitos de su gobierno: Martí Batres, líder del Senado, y Porfirio Muñoz Ledo, presidente de la Cámara de Diputados. Una señal inédita de cambios de época.

Los legisladores de Morena, el partido emergente que mandó al PRI al destierro, mantuvieron la cortesía con poco ánimo aplaudidor. Pero eso no desanimó a Peña Nieto, quien aseguró haber cumplido 97 por ciento de los 266 compromisos que firmó ante notario durante su campaña a la presidencia. De buen ánimo, le deseó al presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, “el mayor de los éxitos”.

Enrique Peña Nieto agradeció a su esposa, a sus seis hijos, a su mamá y a su familia política. En las enormes pantallas aparecieron las mujeres de la casa llorando emocionadas.

El hombre que regresó el poder al PRI usando la imagen en las televisoras hizo su último informe como un presentador de espectáculos. Al final de cuentas, su sexenio también fue un larguísimo spot, más cerca de la ficción que de la realidad. “Juntos hemos cumplido, los resultados son tangibles”, dijo, satisfecho.

Minutos después, las pantallas se apagaron. Rumbo a la salida, uno de los asistentes resumió el sentimiento final: “Y si nos va tan bien, ¿por qué estamos tan mal?”.


“Ha sido el más alto honor de mi vida servir a México como presidente de la República”

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Categoría: Crónicas y reportajes. Transición 2018

José Ignacio de Alba

José Ignacio De Alba

Fue educado en escuelas católicas hasta que se volvió ateo. Es huraño y trotamundos. Estudió periodismo y nunca se graduó. Suele tener más fe en las viejas narrativas que en las nuevas.

Ximena Natera

Ximena Natera

Soy aspirante a la buena imagen, a la buena crónica, a la buena historia, soy aspirante al buen periodismo.