El color de la pobreza

Los autores

Hace dos siglos, cuando México nació como estado independiente, la mitad de la población del país era indígena. Hoy, los indígenas representan el 13 por ciento de los habitantes. Y según la exComisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, institución que tiene el mandato de velar por ellos, de los 68 pueblos nativos que habitan en el territorio mexicano, hay 23 que están en vías de desaparecer y 14 de ellos no existirán más en 20 años.

Aunque la narrativa oficial presume nuestra multiculturalidad étnica, el Estado mexicano jamás ha tenido políticas para reconocernos en esas diferencias. Por el contrario, el exterminio de los pueblos originarios de México ha sido lento y por la vía del abandono. La primera forma de segregación fue la lengua, pues el español se instaló como el único idioma oficial, a pesar de que en el país existen más de 360 derivaciones lingüísticas vivas. El resultado es que hoy quedan 7 millones de hablantes de lenguas distintas al castellano, en un país con más de 114 millones de habitantes.

En junio de 2017 el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI), publicó una encuesta que por primera vez mostró incluyó la variable del factor étnico en las condiciones socioeconómicas de la población. La encuesta mostró lo que algunos llamaron “nuestra pigmentocracia”, es decir, que el color de piel determina la educación que recibimos, los trabajos que desempeñamos y los salarios que percibimos. Porque, aunque más del 80 por ciento de los mexicanos nos autoadscribimos como no-blancos, veneramos la piel clara y tratamos con desprecio la piel oscura.

¿La pobreza en México tiene un color?

Esa fue la pregunta de salida de este proyecto, que implicó una amplia discusión entre reporteros y fotógrafos de distintas regiones del país que trabajamos temas de discriminación racial y desigualdad.

Todo un reto, si consideramos que la identidad dictada por el Estado-nación es el mayor acto de discriminación del que emergen las desigualdades sociales. Y si, además, agregamos el ambicioso el intento de narrar las distintas identidades en una época en que las definiciones identitarias sexuales, étnicas-raciales, nacionalistas, se confrontan, resquebrajan y diluyen.

¿Cómo no caer en la trampa de la relatividad de la identidad y al mismo tiempo problematizar las nociones establecidas desde el poder y su coerción ideológica? ¿Cómo narrar las reivindicaciones, las re-existencias colectivas de pueblos olvidados por sus propios integrantes? ¿Cómo desactivar los filtros ideológicos preconfigurados desde nuestra educación nacionalista, clasista, que dicta que México es un solo pueblo y no un país con varios pueblos? ¿Cuánto de nos-otros no logrará nunca significar ese -otros, por más que lo intentemos, porque nos ha sido arrancado?

Más difícil aún, sin pensamos que la identidad de América fue el gran tema de discusión intelectual de los siglos 19 y 20, y que la definición de “lo mexicano” ha sido planteada en obras completas de pensadores como Edmundo O’ Gorman, Guillermo Bonfil Batalla, Miguel León Portilla, Octavio Paz o Samuel Ramos.

Desde el periodismo, nos preguntamos lo poco que entendemos de los pueblos con los que cohabitamos México:

¿Qué sabemos de los hñähñú? ¿Quiénes son los kiliwas? ¿Qué diferencia hay entre los Ayuuk, o de los Binizaá o cualquiera de las 16 etnias que habitan en Oaxaca? ¿Cómo se organizan los yaquis? ¿Qué estudian los niños tu’un savi de la montaña de Guerrero? ¿Qué hacen los rarámuirs cuando no están corriendo maratones? ¿Quiénes somos los mexicanos? ¿Qué significa realmente nuestra multiculturalidad?

Encontramos respuestas acompañando a un historiador maya, amante del equipo de futbol inglés, al Museo de las Culturas Mayas. Pescando con los cucapá. Escuchando a los ngivas. Recorriendo con los descendientes de conchimíes las cuevas donde nacieron y dónde están sus pinturas rupestres.

En el proceso, nos confrontamos con nuestras propias creencias de lo que “debe ser” el mundo indígena (“¿por qué un indio no puede ser empresario y seguir siendo indio?”), y con la extraña y permanente sensación de estar en una casa ajena, cada vez que alguno de los entrevistados nos decía: “ustedes, mexicanos”.

Descubrimos que sí hay una relación entre el racismo -inducido desde las políticas de Estado-, y las condiciones de marginación en las que viven los pueblos. Porque el agua y los alimentos que insaciablemente demandan las ciudades llega, precisamente, de esas zonas que se encuentran en territorios ocupado por ellos. Y esa riqueza desborda la codicia de un modelo de desarrollo sostenido por el consumo. Pero, ¿quién tiene tiempo para cuestionar sus propios privilegios?, se preguntó el periodista Robin Canul, tras conocer la experiencia de una obra de teatro sobre las identidades étnicas.

De eso se trata, precisamente, “El Color de la Pobreza”, una serie de reportajes sobre la cotidianeidad de los pueblos que siguen vivos a pesar de todo, y que buscan provocar ese tiempo para encontrarnos con los otros, y aportar elementos para entender quiénes somos, y cómo nuestro racismo ha perpetuado esquemas de desigualdad y despojo, no sólo para los pueblos indígenas, sino para todos los mexicanos, a los que nos han convencido de que la riqueza de nuestra multiculturalidad se concentra en los museos y en las artesanías.