Tres actores, un maya, un tzotil y un muxe, dirigidos por un dramaturgo migrante y acompañados de un sonero jarocho, representan “ANDARES”, una creación escénica sobre las vivencias de tres jóvenes indígenas frente a la explotación de los recursos naturales de sus pueblos. La obra, desarrollada por Makuyeika: Colectivo Teatral, es también una apuesta por el encuentro de saberes y el diálogo entre distintos, porque a fin de cuentas, como dice el director: “el mundo indígena no es como te lo pintan”

 TINÚN, CAMPECHE.- Después de labrar la tierra, un anciano se sienta a contemplar la tarde, ahí en donde los aparatos celulares no tienen conectividad. El citadino que está de visita lo observa y luego de un rato sufre un ataque de ansiedad. “¿Qué hace la gente para distraerse en un pueblo donde el calor ahoga, hay mucho polvo, voraces e incómodos insectos y la gente se duerme temprano?”, se pregunta el citadino que visita este pueblo maya de menos de mil habitantes.

Porque en México, cuando se habla del indígena, las distancias parecen largas. El prejuicio generalizado sofoca la posibilidad del citadino para romper su rutina y trasladarse a un pueblo bicicletero para entender otras formas de vivir. Y en las ciudades saturadas, demandantes y llenas de imprevistos, ¿quién tiene tiempo para cuestionar sus privilegios?

El tiempo, unos 40 minutos, se lo toman los espectadores de una obra de teatro que se presenta en el verano de 2018 en Mérida, Yucatán, a 130 kilómetros de Tinún. En el escenario, tres jóvenes indígenas cambian sus identidades en un escenario.

Al interior de una fría sala de teatro predomina la oscuridad. Desde cómodas butacas, el público se reblandece ante las distintas realidades que acogen a los pueblos indígenas: discriminación, violencia de género, clasismo, desplazamiento forzado, pérdida de la lengua y la inminente desaparición de culturas ancestrales.

Pero los asistentes también conocen la proyección de los pueblos en resistencia frente a la implementación de políticas basadas en modelos de despojo, extractivistas e impositivos. Porque eso es lo que representa Makuyeika: Colectivo Teatral, una postura humana ante la pérdida de la identidad de los pueblos indígenas, atrapados en el puente de la vida tradicional y la modernidad o el “progreso”.

“ANDARES” es una creación escénica sobre las vivencias de tres jóvenes indígenas: un maya, un wixárika (representado por un tzotzil) y un muxe, desarrollada a partir de anécdotas personales, cosmogonías ancestrales, artes y músicas populares. También es una apuesta por el encuentro. Una de sus misiones es llevar la obra no solo a los foros de las ciudades, sino a las comunidades, con los protagonistas de las historias. “Para que las mismas personas de las comunidades puedan escucharse entre ellas”, dice el director.

“El mundo indígena, un mundo en evolución”

 A los 13 años, Héctor Flores Komatsu, originario de Cuernavaca, Morelos, migró a los Estados Unidos. Ahí desarrollo su carrera profesional como dramaturgo y director de teatro, que se extiende a Francia, China, España, Brasil.

De regreso a México se dio a la tarea de recorrer el país para entender al otro. Desde una posición privilegiada y en su camino por la nación wixárika, la región maya de Campeche, el Istmo de Tehuantepec; el territorio tzotzil de Zinacantán, y Tuxtepec, la tierra en donde el son jarocho borra las fronteras entre Oaxaca y Veracruz, Flores Komatsu entendió que en México hay muchas realidades.

“Para mi sorpresa el mundo indígena no es como te lo pintan en panfletos turísticos o instituciones culturales, incluso en museos, es un mundo que ha estado en evolución y sigue en evolución”, cuenta ahora.

A través del teatro, propició una sinergia de cosmovisiones entre personas que comparten formas diferentes de amar y entender la tierra.

Como parte del proyecto The Julie Taymor World Theatre Fellowship, fundó Makuyeika: Colectivo Teatral, y el resultado superó las expectativas: este mes, ANDARES, será la primera obra mexicana en presentarse en el Festival Internacional de Teatro de Wuzhen, en China.



“No hables así. No hables así”

Maychi es un joven maya que, tras mudarse a la amurallada ciudad de Campeche, comenzó a cuestionar el pasado glorioso de sus raíces ante el precario presente de su pueblo, sometido por la llegada de la agricultura industrial promovida por el gobierno federal y la empresa Monsanto. En los alrededores de Chencó, su pueblo natal, en el municipio de Hopelchén, desde hace 40 años se asentaron 17 campos menonitas en miles de hectáreas que antes eran selva virgen, y que hoy son grandes mecanizados para la siembra de soya transgénica, sorgo y maíz híbrido. Ahora, Maychi dice que en la obra ha aprendido que los distintos pueblos indígenas comparten “la misma forma de amar la tierra”. Pero también comparten historias de segregación: “como actor maya que soy, muchas veces se nos frena o se nos quitan cosas. Cuando tenía mi formación (el problema) era el acento; todo el tiempo, (me decían) no hables así, no hables así”.



Educar contra el odio


Xhunco es un muxe de Tehuantepec que desafía la costumbre de su pueblo, que le exige renegar el amor de otro hombre para cuidar de sus padres hasta la muerte. Xhunco es Alexis Orozco, y cuestiona los usos y costumbres de su comunidad, desde el tercer género: las muxes, hombres binizaá (zapotecos) en la región del Istmo, quienes viven entre la tolerancia y un brote irracional de homofobia y violencia doméstica. Aunque muchas veces los muxes han sido retratados en reportajes desde una perspectiva del espectáculo, Xhunco habla con seriedad de la discriminación que sufren: “Para mi ANDARES es una oportunidad de alzar la voz por aquellos que no pueden hablar. Lo hablo desde mi punto, de comunidad y de género: Mi labor dentro del teatro es educar dentro del arte y buscar terminar con esta homofobia transfobia y ese contenido de odio”.



Que no se pierda nuestra lengua

Lupe de la Cruz es originario de Zinacantán, Chiapas, y representa en la obra a un joven cantante wixárika atormentado por no lograr cazar un venado, como lo han hecho sus ancestros desde tiempo inmemoriales. Desde su campo de acción, a través de la escritura y el teatro, lucha por la preservación de la lengua tzotzil. Dice que si bien, en esta obra representa a un personaje de otra cultura, se siente identificado por lo profundo de su cosmogonía y las similitudes con sus raíces: “Muchos chavos seguimos estudiante y escribiendo en nuestra lengua tzotzil para que eso no se pierda”



 

Música como antídoto a la violencia

Kevin Elí Leyva es un jaranero de son jarocho que musicaliza la travesía de los personajes y canta a su vez sobre las olas de violencia que han azotado su hogar, en la Cuenca del Río Papaloapan, que trasciende las fronteras de Veracruz y Oaxaca. Él está feliz. “Nunca había hecho teatro y ha sido un reto para mí ver como la música puede expresar de muchas maneras”.



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Luego de 45 minutos finaliza la obra y entre el público de la ciudad, algunas personas secan discretamente sus lágrimas y entonces cabe el espacio para un diálogo con los actores.

Pero ANDARES no se limita a los espacios controlados. Ha llevado la obra a diversos puntos rurales de la península de Yucatán y busca hacer lo mismo en la tierra natal de cada uno de sus integrantes. “ANDARES es un encuentro entre hermanos que han estado perdidos durante muchos años”, resume Héctor Flores Komatsu.


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