Espacios de cuidado

 

Albergues y Casas Refugio son el último recurso de una mujer en violencia para salvar su vida. El espacio es necesario, pero ¿por qué somos las mujeres quienes debemos dejar el hogar?

Existen lugares a los que las mujeres acuden para salvar su vida, sin embargo, el camino para llegar a ellos no está claro. Wendy Figueroa, directora de la Red Nacional de Refugios, dice que hay poco conocimiento de ellos, que las instituciones como Inmujers o Cavi no informan a las mujeres ni las canalizan a estos espacios.

En eso coincide con Julia Pérez Cervera, directora de Vereda Themis, a donde la mayoría de las mujeres que llegaron a solicitar atención fue por el “boca a boca”; otras llegan derivadas de instituciones judiciales que promueven la conciliación, la negociación con el agresor porque no hay golpes visibles. “No es para tanto, no levante la denuncia”, le suelen decir.

Idealmente, la ruta para llegar a un refugio debería ser a través de una institución de gobierno, que no debería minimizar los dichos de la mujer y sí informarle de sus derechos, ofrecerle espacios de protección sin estigma, sin estereotipos.

Wendy Figueroa dice que la mayoría de mujeres pide apoyo después de haber sufrido violencia muchos años. Muchas llegan empujadas por la violencia emocional o cuando se amenaza a sus seres queridos, hijos casi siempre. No necesariamente es la violencia física la que las empuja a pedir apoyo, cuando se trata de ella, acuden al hospital, pero no a pedir ayuda (y los hospitales no las canalizan a estos centros). La mayoría se atreve a romper el silencio cuando hay una información que les da esta apertura sin juzgar que lo que viven no es natural ni es la forma de vivir.

Hasta hace 3 años, explica, la edad promedio de las mujeres que recibían era de 25 a 40 años. Ahora, llegan más jóvenes, desde los 18, incluso 16 años. La brecha se ha disminuido y aún no queda claro por qué: quizá las mujeres jóvenes detectan antes la violencia de lo que lo hicieron sus madres o abuelas; quizá porque las relaciones de pareja comienzan antes y a los 25 años ya vivieron 10 años de violencia.

El perfil de las mujeres que llegan a los refugios rompe los estereotipos de víctimas de la violencia. “Más bien vemos que cambian las formas en que se presenta la violencia. Mujeres con licenciatura, doctorado, con economías más altas, sufren mayor violencia de patrimonio, sicológica y sexual, la violencia sigue estando tamizada, pincelada por la justificación de un amor romántico; mientras que mujeres con menos estudios o vidas más precarias, sufren mayor violencia física, de patrimonio, incluso se llega a cruzar con explotación laboral de parte del marido, de la familia”, explica Figueroa.

 

Cuando una mujer llega a un refugio o albergue, es porque ha sobrevivido a violencias cruzadas durante varios años: emocional, física, económica, patrimonial, sexual.

También llegan víctimas de violencia institucional y comunitaria, sin embargo, -calcula Wendy- el 70 por ciento son víctimas de violencia intrafamiliar.

“Muchas mujeres nos han dicho: ‘no sé si me voy a quedar en el refugio, pero por primera vez dormí sin miedo a que él llegara, a que me violara o abusara de mis hijos’”, dice Wendy.

Julia Pérez Cervera plantea que si bien estos lugares son necesarios para salvar la vida, ¿por qué es la mujer –y con ella los hijos- quien debe abandonar su casa, su espacio? “A quien se sanciona es a quien vive en violencia”, dice.

“A veces la única solución para las mujeres es sacarlas de su situación, 3 o 4 meses, y después, buscarse a algún familiar o volver a la casa donde ha vivido violencia porque no tenemos un programa de bolsa de trabajo, de viviendas de renta baja”.

Las especialistas coinciden en que la vida y la seguridad después de los refugios no está garantizada. Las mujeres huyen de su hogar y llegan a los refugios. Y una vez que ya decidió salir de ese espacio de cuidado temporal y construir un nuevo proyecto de vida, se topa con pared: ¿cómo acceder a recursos o a posibilidades para reiniciar la vida después del abuso?

“En nuestro país no hay programas de reparación con perspectiva de género. Y muchas de las mujeres, después del refugio, regresan con el agresor, porque no tienen redes de apoyo”, dice Figueroa.

 

 

 

 

Siguiente