Mujeres ante la guerra

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Volver a la vida


Ciudad Juárez, que llegó a ser la ciudad más violenta del mundo, alberga entre sus calles a miles de habitantes con heridas de los años más álgidos de la violencia. Muertes, desapariciones, secuestros, extorsiones, quedaron impresos en sus corazones, esos que la siquiatra Karime trata de sanar

Texto y video: Alicia Fernández
16 de Febrero de 2017

 

 

En el año 2008 Ana Karime Toledo Piñón llegó a Ciudad Juárez, luego de haber concluido su especialidad en siquiatría.

Juaritos, como le llaman sus habitantes, era todavía una ciudad alegre, festiva con una rica vida nocturna. Pero las cosas estaban por cambiar para convertirse en la ciudad más violenta del mundo.

Para ese entonces Juárez ya se escuchaba en las noticias nacionales en internacionales no sólo por los asesinatos de mujeres, sino por las disputas de grupos de narcotráfico en la frontera.

Quizá por eso cuando Karime dijo a sus compañeros de residencia médica que al terminar los estudios en San Luis Potosí, un estado al sur de la frontera, se movería a Juárez, le advertían “allá no solamente matan mujeres, matan de todo”.

Karime tenía planes personales: quería estar cerca de su pareja y encontrar trabajo en un consultorio. Pero la ciudad tenía otros planes para sus habitantes: la muerte comenzó a ocupar cada vez más el espacio público, luego los espacios familiares, luego los más íntimos. Los lugares iban cerrando puertas, que la vida nocturna se apagó.

Mientras, Karime enfrentaba sus propias luchas, la falta de cultura psiquiátrica en la ciudad - los pacientes son estigmatizados- le dificultaba encontrar trabajo. En la escuela aprendió que en una clínica de adicciones debe haber un psiquiatra, pero cuando fue al centro de adicciones le dijeron “no gracias, no necesitamos”, en el Hospital General tuvo la misma experiencia, pese a debatirles que hay cuadros físicos que se asocian a trastornos psiquiátricos.

Con el tiempo Karime se fue adaptando a la violencia y con ella, los pacientes fueron llegando. Escuchar la tristeza, la impotencia, el coraje, lo recuerdos, el momento del shock de sus pacientes, así como ver las lágrimas, podían secar su espíritu, llamar a la desesperanza. Pero ella estaba para ayudar, para volver a la vida a quienes sentían que la vida misma les había abandonado.

Había estudiado para empatizar con ellos, ponerse en sus zapatos, sentir lo que ellos sienten pero para salirse de esos zapatos, formular hipótesis de diagnóstico, posibles soluciones y tratamiento.

Karime vio ante sí personas con innumerables pérdidas: de un amigo, de un familiar, de empleo, de salud, de estatus, de residencia. Y a ellas intentó darles una dosis de vida. “No es una receta de cocina, es un traje hecho a la medida”.

Aun así, a pesar de los años, siguen llegando pacientes con duelos que no pueden superar. Y ella los recibe, preocupada de que en Juárez no hubo no ha habido una forma integral de tratar a los pacientes que albergaron pérdida, duelo, tristeza, coraje, resentimiento.