Mujeres ante la guerra

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 Mamá se fue a la guerra

La guerra trastoca. Rompe. Descoloca. Pone a prueba hasta el sublime mito del amor de las madres mexicanas, que en estos tiempos de cólera, ha mostrado sus formas más extremas entre las activistas y periodistas –dos grupos muy vulnerados por la violencia–. Unas han compartido con sus hijas los dolores y peligros más profundos; otras han optado por alejarlas y ponerlas al cuidado de otros para no provocarles daño. A ellas, sus hijas, la guerra les secuestró la infancia. Pero terca y clandestinamente, un hilo de amor sostiene sus anhelos y esperanzas

Texto: Daniela Pastrana. Imágenes: Daniela Pastrana / José Ignacio De Alba

15 de enero de 2017

  I. HIJAS DE LA GUERRA

 

“Mamá: ¿puedo decirle que unos años me dejaste con mis abuelos? ¿Y que bajé en mis calificaciones? ¿Puedo contarle que sentía que no estabas a mi lado?... Pero ya luego entendí. Fue cuando conocí a las madres que buscan a sus hijas desaparecidas. Cuando oí todo lo que han pasado, entendí que es importante que se conozcan sus historias. Y por qué es importante lo que hace mi mamá”.

Mariana tiene 16 años y vive en Chihuahua. Su madre es periodista y se ha hecho cargo de su hija desde que se separó de su ex pareja, hace más de una década. Cuando Mariana tenía 6 años, ella sintió que su trabajo la estaba poniendo en riesgo y la llevó a vivir con los abuelos. Mariana quiere ser educadora o maestra de primaria.

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“La guerra es por la minería. Mi mamá ayuda a las personas a que no haya minas, porque se acaban los alimentos y la gente se muere. Ésta es mi mamá en su trabajo. Es muy lista. Yo la admiro”.

Marina dibuja y juega. Tiene 5 años y vive en Guadalajara, Jalisco. Su madre está de viaje de trabajo y su hermana mayor fue con ella. Mientras platicamos, su papá atiende la llamada de un amigo del norte del país que le cuenta que fue secuestrado otro abogado defensor de campesinos --como él y su esposa--. Y eso, en este país, puede significar que quizá está muerto. La llamada se prolonga casi una hora. Marina no deja de jugar.

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A Mariana y Marina, y a muchas otras niñas y adolescentes como ellas, la guerra les secuestró la niñez. Han pasado más de la mitad de su vida – y en algunos casos lo que llevan de ella-- oyendo hablar en sus casas de muertos y desaparecidos; de fosas, masacres, y desplazamientos. Algunas han sufrido directamente la violencia. Otras, aprendieron a mirarla de lejos, con miedo o con enojo. Porque la guerra también les robó a sus madres, a las que han visto año con año tensas, angustiadas, ausentes, ajenas, sobresaltadas.

Son hijas de periodistas y defensoras de derechos humanos, dos grupos de la primera línea de fuego de la guerra mexicana. La Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos pone la cifra: entre 2010 y 2016, han sido asesinadas en México 41 periodistas y activistas --un promedio de 7 por año--. Y las agresiones y amenazas aumentan cada año.

Mamá, tú siempre regresas

Andrea es hija de una periodista de la Ciudad de México. Cuando tenía 9 años, en mayo de 2013, vio que su madre regresaba triste de una marcha de otras madres, las que recorren el país buscando a los hijos que les arrebataron. Entonces, Andrea le escribió esta carta:

“Querida mamá: Espero que este día estés muy feliz porque aunque muchas mamás están sufriendo, tú sigues conmigo, y por eso yo te celebro este día. Tú siempre te vas, pero siempre regresas. Te preocupaste por mí siempre. Por estas y más razones, te amo y te deseo un Feliz Día de las Madres”.

Andrea es ahora una adolescente en secundaria y sigue esperando que su mamá vuelva a ser la que era antes, cuando ella era pequeña y le contaba cuentos, pintaban juntas, o se disfrazaba para sus fiestas. Son cosas que en realidad no recuerda, pero que sabe por las fotografías y porque le han contado sus abuelas, sus tías y su padre. Su madre, dice, es una mujer “toda buenez, mega paciente y bromista”, que nunca deja de trabajar ni de pensar en los demás. “Te acostumbras a despertar y preguntar por tu mamá y que te digan que está en una conferencia en China o en un lugar muy peligroso de Guerrero o de Tamaulipas… casual”.

A Andrea, la guerra le arrebató a la madre que le leía cuentos y organizaba fiestas de disfraces; en estos años se ha tenido que acostumbrar a que su mamá esté siempre de viaje.

Estar lo suficiente

La primera palabra que escribió Nicole fue narcotráfico. Era el año que empezó la guerra y ella apenas tenía 4 años. Su madre, una reconocida periodista en Ciudad Juárez, Chihuahua, tenía en su casa un libro con ese título. Unos años después, esa ciudad fronteriza con Estados Unidos se convirtió en el epicentro de la violencia en el país, cuando brincó de 100 a más de 3 mil homicidios en un año.

Nicole tiene ahora 14 años y está en secundaria. En las tardes se queda sola en casa. Su papá se hace cargo de ella cuando su mamá viaja. Ella ha tenido que habituarse a situaciones tan extraordinarias como que el día de su graduación de la primaria su madre terminó de trabajar de madrugada porque fue el mismo día que eligió Joaquín Guzmán Loera, el narcotraficante más famoso de México, para fugarse de la cárcel.

“He estado ausente cuando ha habido festivales de la escuela, en una ocasión tuvo que ir disfrazada y la llevó su papa. Él tiene que llevarla porque yo no estoy. También mi mamá me los cuidó mucho. Lo bueno es que tengo el respaldo de mi marido… para entenderme mis ausencias, aunque esté presente, porque a veces estoy aquí, en la casa, pero estoy en la computadora o en el teléfono. Lo único que me ha llegado a decir es que piense bien los pasos que doy para no poner en riesgo a todos, porque a veces no te das cuenta, estás tan concentrada que no te das cuenta de que te expones”, cuenta la madre, quien alcanza a arañar la conversación mientras resuelve asuntos de la dirección editorial.

Nicole es una niña de voz suave y generosa con las sonrisas. Cada tanto se aprieta las manos, como si tuviera frío, a pesar del calor de la chimenea. “A mí lo que me da miedo es que me roben. Sobre todo cuando no estoy con mis papás… En mi casa hablan siempre de lo mismo: de las muertes, que uno hizo algo malo, y ya me acostumbré, o sea, a la hora de la comida es más común hablar de la política que de cómo va tu día… El trabajo de mi mamá es un trabajo de mucha responsabilidad. Antes la acompañaba. Luego ella ya no quiso… Ella está lo suficiente. No me quejo”.

De su vida antes de la guerra, Nicole no recuerda nada. Lo que sí tiene muy claro es el momento en el que, para ella, empezó: “Recuerdo muy bien cuando mataron a un amigo de mi mamá, el Choco. Yo estaba preparándome para ir a la escuela y ya no fui. Mi mamá se fue llorando… Yo lo conocí, lo traté varias veces, pero no sabía qué pasaba. Tenía 6 años. Mi papá me explicó. Yo le preguntaba por qué mi mamá estaba así, tan triste. Creo que fue la primera vez que la vi llorar.”.

 El miedo

El miedo es una emoción adaptativa (nos ayuda a sobrevivir), es una emoción que puede ser normal en muchas ocasiones pero que en otras resulta excesivo e irracional e incapacita al que lo sufre para llevar una vida normal. (“El miedo de los periodistas al ejercer su profesión en Xalapa, Veracruz, para el año de 2016”. Página 20).

La frase está en una tesina que una joven de 16 años realizó para la clase de metodología de la investigación en el bachillerato en el que estudia. Ella entrevistó a cinco periodistas que trabajan en Xalapa, a quienes les pidió -entre otras cosas- explicar los sentimientos o emociones que perciben cuando están en una situación de peligro. Esto respondieron:

Mujer 1: Miedo, porque no sabes quién te puede hacer algo; frustración, porque estás haciendo tu trabajo lo tratas de hacer bien y que no te respeten genera coraje.

Mujer 2: Ninguno.

Hombre 1: Miedo, impotencia.

Hombre 2: Angustia, temor, empiezo a imaginarme cosas.

Hombre 3: Nerviosismo, temor, ganas de esconderme o de huir.

La joven es hija de una periodista de Veracruz, el estado mexicano en el que han sido asesinados 24 periodistas en los últimos 10 años y en donde otros tres periodistas están desaparecidos; donde las marchas son dispersadas con toletes eléctricos y la policía es entrenada para torturar y matar; y donde miles de huesos de personas desaparecidas ha sido encontrados en fosas clandestinas en los últimos dos años.

Ella conoce bien esas historias que su madre y otros periodistas han documentado.

“No me gusta tanto que mi mamá sea periodista, porque se arriesga mucho y es como estresante. Y Veracruz es el campeón de todo lo malo… Yo a veces me enojo porque no me dejan salir. Mi hermano y yo tenemos que avisar a dónde vamos, con quién, dejar algunos números y si es una reunión me tiene que dejar y recogerme. Mi mamá es la que suele tener más precauciones, por lo mismo de su trabajo”.

- ¿Tú tienes miedo?

- No… a veces. Cuando mataron a Rubén (Espinosa) yo quería que mi mamá dejara de trabajar en eso porque podía salir herida. La primera vez que lo sentí fue con Regina (Martínez), aunque no era tan consciente de la relación con su trabajo. Con Rubén ya era más consciente.

- ¿Y alguna vez le has dicho a tu mamá que no quieres que sea periodista?

- No… yo no. Pero mi hermano sí.

Ponerse un alto

“La guerra es por el narcotráfico. Lo veo en las noticias y se me hace feo, me da miedo. Mi mamá se dedica al periodismo, a hacer entrevistas y escribir lo que las personas te dicen de sus problemas. Yo también voy, antes me llevaba mi libreta”.

Valentina saca de un cajón una veintena de películas para pasar la tarde. Josefina, su madre, matiza: “dejé el periodismo hace un año”. Fue después de que murió su mamá, la abuela de Valentina y quien cuidaba a los niños durante las largas jornadas de trabajo de su hija. Entonces, Josefina decidió dejar el diario en el que trabajaba en Ciudad Juárez, y aceptar un trabajo de medio tiempo en una organización de la sociedad civil donde hace trabajo de comunicación social. Valentina tiene ahora 9 años y Max, su hermano, 14. Mientras platicamos, la niña elige una película de aventuras: El cazador y la reina de hielo.

Su madre reflexiona: “A veces, vale la pena ponerse un alto”.

Construir esperanza

“No tengo miedo, porque estar con mis papás es como saber que estoy protegida y que nada me va a pasar”.

Ana Clara tiene 11 años y vive en Ciudad Juárez. Es hija de una conocida activista por los derechos de la infancia en Juárez quien hace un par de años dejó su trabajo en la sociedad civil para concentrarse en la academia. Como Valentina, Ana Clara no tiene miedo. Tampoco se siente aislada ni enojada. Mientras caminamos por el puente internacional, le pregunto a Lourdes, su madre, cuál es la fórmula para tener hijas felices y seguras en una ciudad donde se respira desesperanza. Enlista varios ingredientes: que tanto ella como su esposo provienen de familias con padres muy presentes, sus creencias religiosas, el trabajo con derechos de la infancia. Pero hay uno que es el principal: la participación en procesos constructivos que dan esperanza. “La exposición a la violencia lo que hace es fracturar los vínculos de confianza. Lo que necesitamos es, por un lado, estar muy presentes, pero sobre todo, trabajar para que los niños sepan que pueden confiar en el país”.

 Entre 2010 y 2016, han sido asesinadas en México 41 periodistas y activistas, dos sectores altamente vulnerados por la guerra. Sus hijas han pasado más de la mitad de su vida – y en algunos casos lo que llevan de ella-- oyendo hablar en sus casas de muertos y desaparecidos; de fosas, masacres, despojos y desplazamientos.


II. FÁBULA DE LAS HERMANAS

A las niñas Nicol, Merari y Génesis muchos las conocimos en 2011, cuando el poeta Javier Sicilia y Julián LeBarón emprendieron una caminata de Cuernavaca a la ciudad de México para protestar por el asesinato de los suyos y de miles otros. La caminata de 80 kilómetros se convirtió después en un relampagueante recorrido por la geografía del dolor de un país en guerra. Las tres hermanas, hijas de una pareja del estado de Morelos, llamaban la atención porque no paraban de cantar una suerte de mantra del viaje:

Basta ya de guerra / queremos ya la paz / Basta ya de guerra / queremos ya la paz

Nadie imaginó lo que la guerra provocaría en la vida de las niñas de la caravana. Nicol, la hermana más pequeña, tenía 8 años; Merari, la más parlanchina, tenía 10; y Génesis, la más discreta, tenía 12. Casi seis años después, relatan su historia todavía como niñas: se quitan la palabra y una acaba la frase de la otra. Norma, su madre, las escucha en silencio.

¿En qué momento identifican el inicio de la guerra?

Génesis: Cuando vivíamos en Cuernavaca yo leía noticias de asesinatos del narco, pero para mí no era algo muy real hasta que trataron de atrapar a (Arturo) Beltrán Leyva y hubo una balacera en el techo de nuestra escuela, meses antes de que lo mataran (en diciembre de 2009).

Merari: El maestro entró corriendo y dijo que nos echáramos al suelo, debajo de las mesas. Éramos como 10 niñas y unas empezaron a vomitar. A mí no me respondían mis piernas, no sé, como que te congelas por un momento.

Génesis: Primero pensé en ir por mis hermanas porque se ponen mal, pero el maestro se puso en la puerta y no pude salir. Hasta como dos horas después nos dejaron salir al patio y ahí ya nos juntamos. Empezaron a irse todos, todos, todos, y mis papás no llegaban. Habían cerrado varias calles y no los dejaban pasar. Pero nosotras no sabíamos eso.

Merari: Cuando llegaron mis papás yo seguía temblando. Realmente no entendía nada…

Después de eso fue cuando se sumaron a las caravanas y al Movimiento por la Paz, en 2011. Pero lo más duro para ustedes fue en ¿2013?

Nicol: Sí. Fue cuando nos secuestraron con mi mamá. El 6 de mayo. Yo contesté la llamada por teléfono. Me dijeron que era un comandante del narcotráfico y que le pasara a mi mamá…

Génesis: Mi papá se despidió de mí, me dijo: “ahorita vuelvo”. Y justo después mi mamá entró diciendo que teníamos que cambiarnos rápido y que no nos pusiéramos falda. Yo tenía toda mi ropa en la lavadora porque como era puente había dicho: “ah, pues vamos a lavarla”, y ahí se quedó durante tres meses, de hecho, pudriéndose.

Merari: Mi mamá nos dijo que lleváramos la compu de papá y nuestros teléfonos. Que no dejáramos nada de valor. Y ella sacó de sus ahorros, entre los libros tenía 500 pesos y se los embolsó. Yo preguntaba por mi papá, porque era lunes y mi papá siempre tenía la filísima de pacientes (es médico naturista). Pero no me decían nada. Fui al baño y por la ventana vi en la azotea de la casa siguiente a un pelón de camisa blanca y a otros hombres armados.

A Gerardo, su padre, le dijeron que debía ir a quitar una supuesta denuncia en la periferia de la ciudad o dañarían a su familia. La denuncia no existía, pero él decidió seguir las instrucciones. Cuando salió, a Norma le dieron instrucciones para subirse a un taxi junto con las niñas (Daniela, la mayor de las cuatro hijas de la pareja, se había ido temprano a un curso y eso la libró de la suerte de sus hermanas). Las llevaron a un hotel y luego a un motel vacío.

Génesis: Entendí que algo malo estaba pasando, pero como en diciembre (cinco meses antes) habían secuestrado a mi hermana mayor, pensé que tenía que ver con eso. Y como mi mamá hablaba por teléfono y decía comandante, pensé que era de la policía.

Merari: Yo tenía un ensayo en el coro y estaba muy molesta porque no podía ir al ensayo, le decía a mamá que ya me quería ir y sólo me decía que me callara. Me acuerdo que se empezó a poner muy tensa la cosa por ahí de las 7 de la noche y yo empecé a llorar cuando el señor le gritó muy feo a mi mamá… había entrado una llamada de un familiar que le dijo: “Norma, ya todo Cuernavaca los estaba buscando, ¿dónde están?” y pues ellos tenían intervenidos los teléfonos y la empezaron a insultar y a decir que iban a matar a papá. Entonces yo empecé a hacer mi historia en mi cabeza, como normalmente pasa, y dije: “secuestraron a papá”. Jamás pensé que yo era la secuestrada... habían sido amables, hasta nos llevaron leche y pan, y en el día estuvimos viendo un maratón de Scooby Doo.

Nicol: Sí, pero después de eso nunca volvimos a ver Scooby Doo…

En la madrugada fueron rescatadas por la policía federal. Un rescate de película, “muy actuado”, y obstáculos para presentar la denuncia, porque en el ministerio público les insistieron en que había sido un secuestro virtual. Luego comenzó su exilio, primero en la ciudad de México, en un departamento del que no podían salir, ni comunicarse con nadie.

Nicol: Jugábamos a los secuestros.

Merari: Yo amarraban a Nicol en una silla.

Génesis: Le decía la M4, porque así se identificó el tipo aquel día.

Merari: M1… Y así le hacía, la llevaba al baño, repetíamos lo que habíamos vivido, pero en un juego… estábamos muy mal.

Genésis: Estuvimos tres meses en el DF, rotando de casas. El 10 de mayo de ese año lo pasamos en la Procuraduría General de la República. Estábamos muy nerviosas y tristes, y como era el día de las madres, le hicimos un dibujo a mi mamá en el pizarrón.

Merari: El pizarrón lo dividimos en cuatro y pusimos un nombre: Daniela, Génesis, Merari, Nicol. Y cada quien le hizo un dibujo a mi mamá.

Génesis: Afuera estaba la huelga de hambre de las mamás de desaparecidos. Y una mamá se puso a llorar al ver el dibujo porque le recordó a su hijo.

“Yo estoy muy orgullosa de lo que hacen mis papás. Creo que desde muy pequeñas pudimos abrir los ojos ante una realidad que pues ningún niño quiere ver, ni ningún adulto”.

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Merari: Una vez nos llevaron a una terapia. En la Procuraduría, pero se burlaron mucho de nosotros, eran policías que nos querían sacar información y nos decían: “no hay delito que perseguir, no les pasó nada, mírense están completas, no tienen golpes”. Muy burlones...

Génesis: Nos hicieron llorar a todas.

Merari: Nosotras estábamos enojadas con la vida y de la Comisión de Víctimas nos dieron una casa en un lugar bien lejos y bien feo (al oriente del Estado de México). Yo quería quedarme en el DF porque, además, me sentía más segura... Nadie quería estar ahí, pero pues no había opción.

Génesis: Yo me fui dos semanas después a Chapingo. Pero no tenía dinero para vivir ahí. Es que cuando pides tu ficha por internet tienes que resolver un cuestionario socioeconómico, y pues, cuando lo respondimos vivíamos en Cuernavaca. La última pregunta era “¿Tú crees que de verdad necesitas una beca?” y pusimos que no, porque no la necesitaba, pero de repente cambiaron las condiciones, y me quedé sin beca. Después me enteré que a veces ellas no iban a la escuela por mandarme dinero a mí.

Merari: Sí pues fue un tiempo muy fuerte para nosotros, bueno incluso todavía, porque nuestra vida cambió mucho. Era de que, literal, mis papás pedían prestado dinero, 100 pesos, a sus amigos, y pues así vivimos mucho tiempo. Bueno, hasta la fecha seguimos así.

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A finales de 2012, Daniela, su hermana mayor, se involucró sentimentalmente con un joven que había conocido por internet. Al cumplir un mes de novios, él la invitó a su casa, le ofreció un sándwich, la drogó. Trabajaba para una red de trata. Daniela no llegó a su casa de la escuela. Pasó la noche en un prostíbulo, mientras su familia se movilizaba para buscarla: sus padres ante las autoridades y sus hermanas en redes sociales. Ellas localizaron la dirección del novio, ayudaron a la policía cibernética a revisar las cuentas del Facebook y en casa recibían las llamadas. Un conocido les avisó que vio a Daniela subir a un autobús y Génesis se movilizó con una vecina a la ciudad de México a buscarla, mientras su hermana Merari llamó los abogados de sus papás. La policía federal puso un retén para detener el autobús y rescatarla.

Merari: Ese día fuimos adultas pequeñas. Yo ni siquiera sé cómo le hicimos, pero realmente nosotras supimos del paradero de mi hermana y movimos a todo Cuernavaca.

¿Ustedes relacionan lo del secuestro y otros incidentes con el activismo de sus papás?

Nicol: Sí, porque cuando fue lo del secuestro, nos dijeron que nos habían dado avisos, primero con Daniela.

Génesis: Ya después se supo que fue por la minera. Porque se frenaron los permisos.

Gerardo y Norma eran activos opositores a la mina de Xochicalco y participaban en una propuesta de ley minera. En realidad, desde que inició su activismo las agresiones o amenazas no han parado. Mientras vivieron en la ciudad de México su casa de Cuernavaca fue allanada (y los rostros de las niñas en las fotografías fueron marcados por los allanadores). Y en abril de 2015, dos incidentes consecutivos dejaron a Génesis y Merari con las muñecas fracturadas. La primera, por un asalto a 15 metros de la entrada de la Universidad de Chapingo, donde estudiaba. A la segunda, unos jóvenes intentaron subirla a una motocicleta en la colonia donde viven.

“Cuando empezamos a hacer estos mapeos de riesgo salen siempre las agresiones en dos situaciones: cuando estamos participando en alguna acción y cuando se mueve el expediente, por eso es que hasta la fecha seguimos fuera de Morelos”, explica Norma.

Merari: Mis abuelos de parte de mi mamá le dicen que todo es por su culpa, “por andar de revoltosos”. Yo no lo creo, porque a los que verdaderamente andan jodiendo al país no les pasan estas cosas. Yo estoy muy orgullosa de lo que hacen mis papás. Creo que desde muy pequeñas pudimos abrir los ojos ante una realidad que pues ningún niño quiere ver, ni ningún adulto.

Génesis: Cuando iniciaron el movimiento por la paz estuvimos todos en la mesa y nos preguntaron si estábamos de acuerdo y todas dijimos que sí, menos Daniela, porque le daba miedo. Es lo que más admiro de mis papás, que siempre están en esa trinchera. Porque hay un montón de gente que se queda sin trabajo, sin comida, sin una manera como digna de vivir. No sé, es horrible que haya personas que sean capaces de causar tanto daño por dinero. Y yo si pienso que si hemos podido cambiar aunque sea un poco eso, ha valido la pena lo que nos ha pasado a nosotros.

Génesis llora. Quizá porque es la que ha tenido más conciencia de todo lo que han vivido. Al final de la entrevista, ella y su madre se abrazan largo rato.

¿Qué es lo que más ha cambiado de su vida?

Merari: Pues ahorita mis papás están desempleados, no tenemos un nivel de vida estable; hay veces que estamos normal o sea, que si podemos darnos el lujo de comprarnos un helado, pero hay días en que ni siquiera tenemos para ir a la escuela. Y a la escuela tengo que llevarme el tamagochi (así llama al botón de pánico que les dieron como medida de protección)… no sé, a veces sí tengo miedo de que nos vuelva a volver a pasar algo.

Nicol: Con mi hermana yo podía salir a jugar, íbamos a vender, vendíamos pulseras, y de repente, ya no podíamos estar tanto afuera de la casa, ya no nos dejaban salir sin Génesis, o con mi papá y así. Y ahora ya never, ya no podemos hacer nada.

Génesis: Me acuerdo mucho de cuando vivíamos en Silac, que podíamos irnos a caminar al bosque horas y horas, y ninguna tenía celular y ni siquiera teníamos internet. Nunca pensé que nos fuera a pasar algo a nosotros…. No sé, de por sí yo siempre he sido muy payasa. De hecho, me diagnosticaron paranoia en un test psicológico que me hicieron… pienso para aceptar a cualquiera, no sólo en Facebook, incluso en mi vida.

Unas han sufrido directamente la violencia. Otras, aprendieron a mirarla de lejos, con miedo o con enojo. A muchas, la guerra les secuestró la infancia. Pero un hilo de amor sostiene sus anhelos y esperanzas.

¿Cómo imaginan su vida en 5 o 10 años?

Génesis: Yo espero salir del país en un año o dos para poder estudiar lo que quiero (astrofísica o dinámica celular). Pero quisiera volver algún día, retomar los proyectos que tengo estancados con el campo. Y me gustaría muchísimo poder seguir investigando. Me gusta apoyar en cosas qué son necesarias.

Merari: Me encantaría estudiar música en Italia o en Barcelona. Pero no quisiera ser una cantante comercial, sino como Mercedes Sosa o Violeta Parra, alguien que denuncie lo que está pasando mediante la música, que es la manera en la que llegas mucho a los corazones de muchas personas, porque yo siento que todo el ser humano pues tiene un corazón, algo que le hace vivir.

Nicol: Pues yo creo que en 10 años ya tendría mis hijos… Quiero estudiar, pero todavía no tengo muy claro qué. También quiero ayudar a la gente, así como mi mamá. Y pues, un sueño es estar en África así, ayudando a los niños.