Mujeres ante la guerra

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Félix Márquez
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Ximena Natera
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Eunice Adorno
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Juan Carlos Cruz
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Héctor Guerrero
Héctor Guerrero
Héctor Guerrero
Erik Meza
Erik Meza
Mónica González
Mónica González
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Sara Uribe
Sara Uribe

El lugar de las mujeres

Texto: Clemencia Correa
8 de Marzo de 2017

¿Cómo describir el dolor de la muerte, de la desaparición, de la barbarie? ¿Porqué los rostros ocultos en la oscuridad? ¿Porqué las sombras, los pies, las manos sin nombres? ¿Por el temor a ser reconocido? ¿Por la indignación de la injusticia? ¿Qué se puede decir cuando no se tiene certeza de lo que pasa? ¿Qué se puede compartir cuando se sabe que el otro también tiene un dolor inmenso?, cuando hay que guardar para no desvanecer?

La violencia desatada desde que se instituyó en el país la supuesta guerra contra el narco afecta a las personas, las familias, organizaciones y sociedad en general y pasa de generación en generación causando daños todavía invisibles.

Los impactos psicosociales son diversos: el terror, como medio y consecuencia de la violencia sociopolítica, con el que se busca generar parálisis, inmovilidad, polarización de la sociedad; el silencio que transita en la cotidianidad de las relaciones; la relación entre el pasado, presente y futuro, porque la muerte de un ser querido es el presente, pero remite permanente al pasado y se experimenta la dificultad de seguir construyendo un futuro.

En los familiares de desaparecidos, el tiempo queda congelado en la ambigüedad: no están muertos, no están vivos. Y los objetos cobran vida, pues allí se condensan los símbolos de los ausentes, los recuerdos, la certeza de lo que sí se tiene.

Si bien es fundamental visibilizar los impactos de la violencia sociopolítica, también lo es recuperar las formas de afrontarlos y las alternativas que se construyen para no profundizar la impotencia ni patologizar lo sucedido. Es decir, no pensar que lo que se experimenta como hecho traumático obedece a una enfermedad, sino a una situación anormal creada y que afecta desde lo personal hasta lo social.

Necesitamos construir alternativas colectivas. Trabajar en la recuperación de la memoria, no solo del horror, sino también de la verdad de las víctimas, de la vida de quienes ya no están, de las experiencias de quienes luchan. Mantener la exigencia de justicia. Pero, sobre todo, reconstruir los lazos de amor y no dejar de pertenecer a nuestros proyectos, a nuestras creencias, a nuestra vida y a nuestro trabajo.

En este contexto, las mujeres tienen un lugar fundamental. Por un lado, son las que sufren la violencia de género en una sociedad patriarcal y contemplan riesgos específicos por la condición de género: intimidación y hostigamiento psicológico; campañas de difamación y desprestigio con lenguaje sexista y machista; amenazas de agresiones sexuales; tortura sexual; hostigamiento; amenazas contra hijos e hijas.

Pero también, son las mujeres las que buscan, las que caminan, las que luchan, las que se empoderan cuando tienen la certeza que su labor vale la pena y que obtienen logros; cuando exigen justicia y se enfrentan a funcionarios públicos; cuando pueden continuar desarrollando su proyecto de vida, su trabajo y vivir sus hijos. Cuando no han perdido la esperanza, cuando creen en ellas en su identidad y en su historia.

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