Texto Alex Sierra* . Foto:  José Ignacio de Alba 

9 de octubre de 2016

El NO, en medio de la polarización y la desinformación

El domingo 2 de octubre, Colombia sometió a un plebiscito el acuerdo que suscribieron el Gobierno del Presidente Juan Manuel Santos y las FARC, luego de cuatro años de negociaciones en La Habana. En una apretada decisión ganó el NO a la pregunta: “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”. Solo votó una tercera parte de los colombianos que podían hacerlo. 50,21% (6.431.376 votantes) dijo NO; 49,78% (6.377.482 personas) apoyó el acuerdo.

¿Qué estaba en juego?


Durante los últimos años el Gobierno de Santos y las FARC habían llegado a un histórico acuerdo sobre seis puntos centrales:

1. Una reforma agraria integral que implica la restitución de tierras a campesinos que les fueron usurpadas por diferentes actores del conflicto, incluidos hoy poderosos ganaderos y terratenientes que usaron paramilitares para desplazar y asesinar cientos de personas.

2. Participación política, que otorgaba curules en el Senado y la Cámara de representantes a 10  miembros de las FARC, que de ninguna manera representa una modificación estructural al legislativo, ni proporcionaba a la guerrilla la fuerza necesaria para impulsar transformaciones profundas en el sistema político colombiano.

3. Fin del conflicto armado, cese al fuego bilateral, definitivo y dejación de armas. Este acuerdo y el mismo proceso que han adelantado las partes, le permitieron a Colombia tener los últimos tres años las menores tasas de homicidio en casi dos décadas.

4. Solución al problema de drogas ilícitas mediante programas de sustitución de cultivos, prevención del consumo, salud pública y reducción de la oferta.

5. Víctimas del conflicto armado, verdad, justicia, reparación, creando una Jurisdicción Especial que pone como centro a las víctimas y la verdad.

6. Refrendación del acuerdo mediante el instrumento definido por la Corte Constitucional, el cual fue el Plebiscito realizado el fin de semana y que tiene efectos políticos más no jurídicos.


¿Ganó el deseo de guerra?

Aunque los medios hicieron eco de una decisión entre el apoyo a la paz o la continuidad de la guerra en Colombia, lo cierto es que el debate estaba frente a un acuerdo de paz que se realizó en La Habana, según voceros oficiales, justamente para impedir la molesta injerencia de la prensa que se responsabiliza como un obstáculo de procesos anteriores.

Tal vez la falta de una comunicación fluida, en un lenguaje cotidiano y cercano para las personas más pobres en Colombia, fue uno de los errores para que la desinformación, la mentira y el miedo, hicieran que muchos votaran negativamente ante argumentos promovidos desde la extrema derecha como los que afirmaban que de aprobarse los acuerdos el país se haría “Castro-Chavista”, llegaría el comunismo o el ateísmo al país, los campesinos perderían sus tierras porque supuestamente les serían entregadas a las FARC o no podrían acceder a sus jubilaciones.

En un alto porcentaje las tierras en Colombia no tienen títulos de propiedad y la posible reforma agraria representa un riesgo para quienes las obtuvieron de manera ilícita de mano del paramilitarismo. Por su parte la participación política de las FARC no cayó bien, porque no subsana un problema estructural de un sistema político que no representa a las mayorías del país y los colombianos lo hicieron saber con un 62,57% de abstención al plebiscito, que envía una señal de alarma a quienes respaldan o NO el acuerdo de paz.

La polarización heredada de la guerra

El manejo que se le dio al plebiscito por la paz en sus resultados fue muy similar al de la anterior campaña por la presidencia de Colombia en el año 2014 cuando se enfrentaron Juan Manuel Santos y el candidato de Álvaro Uribe Vélez. En esa oportunidad Santos obtuvo el 50,98% de los votos, contra el 44,98% de Zuluaga, candidato del Uribismo, y también en esa oportunidad el abstencionismo ganó con un 52%

Para el plebiscito se usó la misma gastada disputa político-electoral entre el SI representado por Santos y el NO de Uribe Vélez, que impidió una vez más que los Colombianos conocieran de manera amplia los acuerdos de paz, su trascendencia y limitaciones, y redujo el debate a un antagonismo mediático de dos adversarios electorales.

Tal vez por esta razón los medios agudizaron su análisis en reducir los interlocutores a los comunicados del equipo negociador de Santos y lo que pensaba la “oposición” encargada por el Uribismo. Las impresiones y dudas que podían tener los millones de colombianos de a pie y que habitan las regiones donde con mayor énfasis se ha vivido la guerra, quedaron en los últimos años virtualmente silenciadas, pero fueron hábilmente manipuladas para polarizar aún más al país.

Evidentemente existe un rechazo ciudadano a las FARC de quienes han sido víctimas de flagelos como el secuestro, las tomas armadas de pueblos, la extorsión, las minas antipersonales, aunque dichas prácticas las usaran por igual los grupos paramilitares que además son los responsables del mayor número de masacres en la historia de Colombia. Vale la pena señalar que en las regiones donde existe el mayor número de víctimas de la guerra y quienes han padecido muchas agresiones de las FARC la votación por el SI fue mayoritaria, frente a regiones del centro del país donde se impuso el NO en parte por una agresiva campaña mediática de desinformación y odio que lleva décadas en el país.

Existe un auténtico rechazo a diferentes actores armados en Colombia, pero justamente como consecuencia del conflicto armado existe también mucho miedo: a ser más pobres, a perder lo poco que se tiene, a la diferencia en la uniformidad de la guerra. La negativa del 50% de votantes ante el acuerdo de entre el Gobierno y las FARC, no puede leerse como una apología a una guerra que ha cobrado más de 7 millones de víctimas y 81.000 desaparecidos según cifras oficiales.

El camino a seguir

En Colombia existía hasta antes de la votación un ambiente de triunfalismo de quienes creían que el plebiscito sería votado por la mayoría y serían validados los acuerdos de paz, y ante el resultado electoral el panorama era de gran desconcierto entre todos los analistas políticos y las firmas encuestadoras pues no se cumplió ningún pronóstico.

Pese a ello las FARC han manifestado que seguirán adelante con el camino recorrido y resultaría una insensatez histórica que el gobierno y la oposición de ultra derecha dejaran ir por el suelo esta oportunidad histórica de cerrar, de una vez por todas, el conflicto armado más largo del continente.

Tal vez donde está el verdadero desafío es en la sociedad civil que debe encontrar una estrategia que vincule ampliamente a ciudadanos que no parecen tener ningún interés en este proceso de paz.

Las ONG y los tradicionales liderazgos sociales se mantienen en las mismas dinámicas históricas que requieren hoy más que nunca nuevos lenguajes, superar los individualismos y las frustraciones del oportunismo y el oportunismo electoral.

Se trata de conectarse de manera sincera y profunda con quienes han padecido y sobrevivido la guerra, abrir espacios para que sean ellos y ellas los líderes de un país que reclama transformaciones reales y que además tiene los mayores niveles de desigualdad social después de Haití en América Latina.


* Alex Sierra (Bogotá) es antropólogo y durante los últimos 15 años ha trabajado como investigador y consultor independiente en temas relacionados con los derechos humanos, la cooperación internacional para el desarrollo y las políticas públicas en Colombia, en las zonas de conflicto armado y en las comunidades vulnerables en su país.

* Este texto fue publicado originalmente en el Programa de las Américas y se reproduce con autorización del autor

Categoría: Crónicas y Reportajes, Especiales