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29 de agosto de 2016

La Capacitación

La primera vez que Israel disparó en movimiento fue durante un patrullaje en Nuevo León. Había pasado ocho semanas de capacitación militar en los cuarteles antes de ser enviado a las calles, pero el entrenamiento que recibió no incluyó algo tan básico para la vigilancia en medio de una ciudad: la ubicación y tiro a objetivos en movimiento.

 

Israel tuvo una formación que se dividió en dos partes: la primera fue instrucción académica, la segunda militar: le enseñaron sobre formaciones, sobrevivencia, camuflaje y uso básico de armas. 

Siendo soldado fue enviado a cumplir tareas de policía estatal sin haber recibido capacitación para ello: patrullar ciudades, realizar arrestos, catear viviendas, interrogar personas.

“El adiestramiento es muy pobre, lo veía como un juego, disparar a una silueta... no nos ponían a simular enfrentamientos. Nos enseñaron a visualizar, analizar, reaccionar, pero ya cuando estás ahí lo único que piensas es a disparar para salvar tu vida. La primera vez que disparé a algo en movimiento fue cuando salí a patrullar, le disparé a un automóvil”, dice Israel.

Las ocho semanas de adiestramiento tampoco le alcanzaron para aprender sobre derechos humanos, al menos en su caso, las lecciones no estaban en su currícula.

Una noche durante el patrullaje en las calles de una ciudad de Nuevo León, el convoy del que formaba parte el soldado, asesinó a un civil inocente que volvía a su casa del trabajo.

Según la Secretaría de la Defensa Nacional los soldados son instruidos en el respeto a los derechos humanos. En su página de internet informa que durante el sexenio de Felipe Calderón se publicaron dos programas nacionales de este tema, que derivaron en una dirección de derechos humanos y cuatro programas académicos. Lo que se ha podido encontrar en las entrevistas con los uniformados, es que no todos recibieron esa capacitación.

Raúl Benítez-Manaut, académico de la Universidad Nacional Autónoma de México, ha impartido clases a jefes militares, dentro de los cursos de maestría en la Marina y el Ejército. En entrevista, explica que los cursos de derechos humanos se dan a nivel de los oficiales superiores, pero en mucho menor nivel a los oficiales de rango inferior.

“La formación en derechos humanos en el Ejército va de arriba abajo: de académicos y expertos a jefes y oficiales de mayor grado. Ellos tratan de trasladar lo que han aprendido a los oficiales de menor grado y así sucesivamente. De ahí que puede ser difícil en ocasiones, por su nivel de estudios, que en la tropa y oficiales inferiores se pueda comprender qué significa respetar los derechos humanos”.

Esa situación podría generar un desequilibrio, explica el experto. “Los oficiales inferiores [tenientes, subtenientes], que son los que comandan operativos, reciben órdenes ambiguas: por ejemplo, tienes que acabar con los zetas, pero tienes que respetar los derechos humanos”.

La ambigüedad se completa con la “independencia relativa del mando que controla el patrullaje” y el “factor de adrenalina de combate: si un narco tiene un AK-47 y se te para enfrente, tú le disparas”.

Benítez-Manaut agrega que la formación que reciben los soldados respecto a la de marinos y policías federales es deficiente. “Tengan en cuenta”, razona, “que los marinos son reclutados en puertos, ciudades más o menos grandes, que ofrecen la posibilidad de estudiar” y contrapone que los soldados viene en gran parte de zonas rurales de muy bajo nivel socioeconómico, por ejemplo Guerrero, Oaxaca o Chiapas, las regiones más pobres de México, con baja escolaridad. 

“Los oficiales reciben órdenes ambiguas: por ejemplo, tienes que acabar con los zetas, pero tienes que respetar los derechos humanos”. 

En su artículo Las Fuerzas Armadas en México: entre la atipicidad y el mito, Marcos Pablo Moloeznik, investigador del Conacyt y de la Universidad de Guadalajara, sostiene que “la ideología y la composición del Ejército mexicano son diferentes del resto de cuerpos de América Latina”. Las Fuerzas Armadas son hijas de la revolución mexicana y sus integrantes, entonces y ahora, las clases humildes.

“Existen dos ejércitos en México”, matiza “el de los privilegiados y el de las masas (…) Aquí el Ejército es “el pueblo mismo en uniforme”, al menos en el sentido de que comparte las abismales diferencias y contrastes que caracterizan a la sociedad en su conjunto”. Y luego, “los requisitos de ingreso para el personal subalterno son muy laxos: basta presentar el acta de nacimiento, la constancia de antecedentes penales y el certificado de educación básica (secundaria)”.

En entrevistas con soldados involucrados en enfrentamientos estos años -algunos señalados después de haber perpetrado ejecuciones- el bajo nivel de estudios, la zona de origen y la falta de claridad en la comprensión del significado de los derechos humanos y su aplicación, coincide con lo que apuntan los expertos.

 

El soldado Felipe, involucrado en un enfrentamiento en Guerrero, cuenta que se dio de alta en el Ejército por necesidad. “Yo era maestro (pintor) tenía gente a mi cargo, pero cuando empezaron las cuotas (de extorsión del crimen organizado)… algunos ya me dejaron de pagar y tuve que abandonar. Había estado en Estados Unidos pero me agarró la migra. Ya de vuelta, un día, me visitó un primo militar. Le pregunté y me ayudó. Así entré yo”. 

Sobre la capacitación que tuvo refiere:

“Son ocho semanas de adiestramiento muy duras, se madruga mucho. A veces hay prácticas por la noche. Te dan muchas clases de derechos humanos. De ahí, en la segunda fase, cada quien se va para su batallón”, dice Felipe. 

 

 

El soldado Felipe fue a la región de la sierra guerrerense. En ese batallón, relata, el adiestramiento de otras seis semanas consistió en desarmar morteros de 60 milímetros, aprender a manejar ametralladoras Heckler & Koch y continuar el entrenamiento físico. Luego, explica, les mandaron a la sierra, de supervivencia.

Y entonces, después de 14 semanas, él y los demás dejaron de ser reclutas y se convirtieron en soldados del Ejército mexicano, elementos de tropa.

En su caso, Felipe cuenta que participó en un “enfrentamiento” que acabó en la muerte de un grupo de civiles en Guerrero. La justicia luego le acusaría de homicidio. Aquella vez fue la primera que participaba en un tiroteo. “No me sentía preparado, pero uno nunca está preparado para una emboscada, por mucho entrenamiento que reciba”, dice.

 

 

Otro soldado, que se identifica como Alberto, no tuvo entrenamiento para ejercer funciones de policía, a pesar de que su trabajo siempre fue patrullar en las calles. “Nos capacitan para una guerra, no para andar en fraccionamientos, haciéndole de policía”.

Él tuvo dos meses de capacitación antes de salir a las calles. Ahí le enseñaron a disparar a siluetas que simulaban un civil armado y un civil desarmado, también a siluetas en movimiento e inmóviles.

 

“El reclutador me había dicho que te adiestran, que las armas, así como un rambo y tu te la crees. Pero las prácticas de tiro te dan diez cartuchitos y ya. Nos dieron la materia de ‘guerra de guerrillas’, aprendimos a capturar prisioneros de guerra, inmovilizarlos con putazos, ponerles playera en la cabeza y echarles agüita”, dice refiriéndose a la práctica de tortura que simula ahogamiento.

A partir de que comenzó la llamada “guerra contra el narco” por Felipe Calderón, se empezó a implementar el adiestramiento de operaciones tácticas urbanas, dice Ramiro. Su testimonio contrasta con el de otros soldados, quienes negaron tener capacitación para el patrullaje en calles, por lo que quizá ese entrenamiento no fue regular para todos.

“Hacían la maqueta de una calle y te enseñan a moverte. Igual nos decían de eso de los derechos humanos y que respetáramos, pero si uno no empleaba eso, de los golpes para obtener información, pues no había nada. Ahorita siento que protegen más a un delincuente que a nosotros, el delincuente hasta se reía de que lo ponías a disposición y al mes lo liberaban”, dice Ramiro.

Además de la capacitación institucional, el soldado explica que hay otras formas de aprendizaje, por ejemplo, el soldado recluta aprende de los mandos.

“Sicológicamente… pues uno va agarrando escuela. Cuando eres soldadito recluta te das cuenta y aprendes cómo acciona el cabo. Primero, cuando empezó todo, nos decían ‘hasta que no vean que ellos les disparen, ustedes disparen’. Pero la realidad es otra porque si ya me vio y está armado, pues yo más rápido puedo neutralizarlo porque es una amenaza para mi. Nosotros por eso llegábamos a un extremo de violencia, de uso de la fuerza, porque las armas que nos daban de cargo son las únicas que tenemos para defender y es un calibre grueso, es un arma que te vuela un brazo, pierna, por eso nos recriminan de que somos muy salvajes”, dice Ramiro

“Nos decían de eso de los derechos humanos, pero si uno no empleaba eso de los golpes para obtener información, pues no había nada”.

A la pregunta de quién es su enemigo, el enemigo del Ejército, él responde que los narcos. A la pregunta de cómo identificar a un narco en la calle, Ramiro responde:

“Te das cuenta porque como no siempre están en la ciudad, andan en brechas están todas polveadas las camionetas, con vidrios polarizados. Si van más de 3 o 4 hombres en una camioneta, esas son señas que te ayudan a detectar a las personas que son malas. El mando nunca nos dijo ‘este es el enemigo’ simplemente estás a la defensiva. Como yo vi muertos a compañeros, pues yo ya vi qué persona es la que anda en malos pasos, cuando tiran o huyen o corren, solitos se delatan. Ahí no hubo necesidad de buscarlos porque te los encontrabas, te los encontrabas”.

José, otro de los entrevistados, explica el concepto de enemigo que aprendió.

“Tu enemigo es el sicario, es el narco. Te enseñan lenguaje corporal para saber identificarlos, te dicen algunas señas. Al principio (los narcos) traían camionetas o carros con potencia de arranque, de ocho cilindros. Después todo eso cambió para despistarnos, ya andaban en motos, en coches de cuatro cilindros. Después nos la cambiaron, andaban una pareja con un niño, ya era bien difícil identificar a la maña. Antes ocupaban al típico pelón, tatuado, rapado, después nos la cambiaron con playeritas polo, bien cortaditos del pelo, los que eran sicarios de élite”.

Israel, el soldado que patrullaba como policía estatal las calles de Nuevo León, explica lo que aprendió sobre identificar a un “enemigo”:

“Nos enseñaron a identificarlo: si trae chaleco negro, capucha negra, armas. En este caso cuando Calderón dijo que esta era una guerra contra el narco, pues hoy en día identificas al narco porque anda bien armado, mejor armado que uno. Los jefes nos decían la facha de un narco: camionetota, armados, chalecos (…) Imagínate en la noche cuando vamos a patrullar y vemos de esos, les hacemos el alto, porque se obedeció la orden”.

“Las armas que nos daban de cargo, es un calibre grueso, es un arma que te vuela un brazo, pierna, por eso nos recriminan de que somos muy salvajes”.

 

 

El soldado Alberto, recuerda que en una ocasión al convoy en el que patrullaba le ordenaron detener a un automóvil por tener actitud sospechosa, en el norte del país. “Llevaba muchos integrantes, iba polarizado, manejando mal, rebasando, traía tierra en la carrocería. Coincidía con lo que nos han enseñado de los narcos, que van muchos porque son un grupo criminal, traen los vidrios polarizados para esconder las armas, manejando mal porque vienen drogados o ansiosos, y traen tierra porque vienen de la brecha donde hacen sus fechorías”.

Los soldados cumplieron la orden y detuvieron al automóvil a disparos, mataron a dos personas inocentes. Uno de los sobrevivientes, explicaría a este equipo de reporteros que traían tierra en la carrocería porque venían de un convivio familiar de un rancho, que venían muchos porque eran familia, que manejaban mal porque traían dos llantas de refacción en mal estado, que tenían vidrios polarizados, porque en el norte del país es común usarlos para amainar el calor.

“Cuando vi que eran civiles, sentí un temor, de qué va a pasar el día de mañana, que la hubiéramos regado  (…) Recuerdo muchos lamentos y empezamos a solicitar una ambulancia. Me sentí mal porque yo estaba confiado en el capitán, siento que el capitán hizo eso porque 15 días antes le habían emboscado y le habían matado a dos soldados, de hecho horas antes de que nos incorporaran al convoy nos armaron bien”, dice el soldado Alberto.

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Este reportaje fue realizado como parte de la Beca Mike O’Connor, del International Center for Journalists (ICFJ) y de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas, que ICFJ tiene en alianza con Connectas.

“Este trabajo forma parte del proyecto Pie de Página, realizado por la Red de Periodistas de a Pie. Conoce más del proyecto aquí: http://www.piedepagina.mx".

Categoría: Crónicas y Reportajes, Especiales