Texto: Marcela Turati. Foto: Ximena Natera

20  de octubre de 2017

Bajo los escombros de la negligencia

 Estos son los testimonios de familiares y amigos de las víctimas, de testigos, rescatistas, voluntarios y brigadistas que acudieron a las ruinas del edificio Álvaro Obregón 286 después del sismo. Este es el coro de la exigencia de un rescate digno, de la denuncia de una autoridad indolente

Las lonas tapaban el cementerio en el que se convirtió el edificio de Álvaro Obregón 286: las losas encimadas unas sobre otras, como amargo pastel mil hojas, el hueco al que no se ve columna vertebral, cascarón o estructura; el desfondamiento de los pisos y derrumbe de los techos donde quedaron atrapadas casi 80 personas; la mayoría empleadas en un despacho contable. Los primeros dos días, 28 personas saldrían con vida. En una alargada agonía que duró dos semanas, fueron rescatados 49 cadáveres. Las familias de las víctimas vivieron ese purgatorio en la zona cero, al pie del monte de escombros, donde, además de lidiar con la angustia a contrarreloj y los latidos que se extinguen, fueron engañados, ignorados, ninguneados por los gobiernos federal y capitalino que negaba información y, lo más importante, los cuerpos de sus familiares.

Una veintena de personas –familias de víctimas, rescatistas, médicos, carpinteros, defensores de derechos humanos, psicólogos- narraron a la reportera esos días de muerte lenta. Estos son fragmentos editados de sus relatos. 

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Llamaron a mi papá a la carpa de atención a víctimas de la Policía Federal, y Braulio, el psicólogo de la Procuraduría se acerca y dice: ‘Ya tenemos identificada a tu hija Michelle’ y comienza a prepararlo para que cuando vea el cuerpo no lo toque. Una señora de Gendarmería tenía en un papel con el nombre de ella anotado Michelle Fernanda Castillo Rayón Piso 4 posible piso 2 escaleras. Pasaron unos minutos, estábamos esperando que nos dejaran verla, pero llega uno de Gendarmería y dice: ‘No, no, hombre. Te mandamos llamar porque queríamos saber cómo estaba usted, cómo había amanecido’. Mi papá se pone fuera de control, lo llevan con mi mamá. Yo insisto que por qué nos llamaron. Entonces Javier (Pérez Arciniega, de Gendarmería) me explica: lo que pasa es que sí tenemos un cuerpo de una mujer, pero no es tu hermana, ella está totalmente desfigurada, es imposible reconocerla. Le digo que si no está mutilada puedo reconocerla por los tatuajes que se hizo en la muñeca, de un diamante y un signo infinito, la palabra amore. Ellos dicen que, aunque el cuerpo tiene tatuajes y no está mutilada, no coincide, que la que sacaron tiene entre 45 y 50 años, y mi hermana 23. Insisto, pero me dicen que si no estaba identificada no podría verla. Y Javier me sigue diciendo cosas ilógicas: Es una mujer grande que ni siquiera murió aquí, nos la trajo la Cruz Roja de Polanco. Así queda. Todos negaban que era Michelle. Preguntamos muchas veces. Eso ocurrió el viernes (22) a medio día. Nos la ocultaron hasta el lunes 25 a las 11 de la noche cuando la encontramos en el Semefo. (Susana Castillo, hermana de Michelle) 

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 Entre el 19 y el 21 fue el rescate de 28 personas con vida, después de esa fecha prácticamente se para, estuvo llueve y llueve y llueve, se frena la operación, no solo la búsqueda y rescate, también la información, y creo que la veracidad. El 21 publican en la Zona Cero una lista de personas que rescatistas han identificado adentro, vivos, entre ellos Iván. Para nosotros era la alegría, jurábamos que el siguiente de los 28 sería mi hermano. La noche del 21 en la madrugada caminaba para calentarme y no dormirme porque no había condiciones (estábamos sentados en cubetas o banquetas o donde pudieras, el gobierno no apoyaba en nada, la ayuda, comida, cobijas, lonas, un sándwich lo daban los voluntarios) y pasando por la carpa de médicos voluntarios escuché que la mujer que los comandaba dice: Ya nos notificaron que ahí adentro no hay vida, solo cadáveres. Hablaba de ellos como si fueran bisteces de res en una carnicería. Quedé helada, ¿cómo que no hay vida si en todas las reuniones con el gobierno nos venían diciendo que había vida, que nos alegráramos, que llegaron los japonenses y los israelíes, y el Erum y los topos nos decían que había vida, que iban a hacer maniobras? Pero tenía razón: no había vida. Mi hermano Iván fue uno de los primeros cuerpos que sacan: el día 23, a las 5 de la mañana. No nos lo dieron ahí, el psicólogo que nos asignaron se llevó a mi hermano menor, el que tiene un soplo en el corazón, para que reconociera a Iván en el Semefo. Llegué corriendo. Hicimos la identificación. (Fabiola Colín, hermana de Iván Colín Fernández, fallecido 27 años)

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 No estaba yo en la oficina, el martes cuando hablaba con mi jefe por teléfono escuché los gritos, los ruidos. Llegué y vi el edificio caído y a los compañeros que alcanzaron a salir, como 8, porque salieron por las escaleras de emergencia de atrás. Toda la loza se fue hacia abajo. El piso 4, completo, era del despacho. No había información, no se tenía certeza de cuánta gente había adentro y empezamos a hacer nuestras listas. Después empezaron a sacar cuerpos de la parte trasera y no se informó a los familiares: María Fernanda, mi amiga, estuvo ahí dos días sin saber que su papá estaba en el Semefo. Después se enteraron de que los estaban sacando por la parte trasera: entraba una camioneta blanca, se paraba enfrente de las puertas de las oficinas, ahí sacaban todo (ocultos) según esto para no alterar a todos los familiares, no asustarlos. Días después fue que se empezó a avisar a los familiares cuando salían.

Empezamos el sábado con los velorios de los compañeros. Hubo unos que, así como los entregaban los enterraban; la mayoría fue cremado, creo que un 80% porque cuando se los entregaban les decían que se estaban descomponiendo, el olor era muy feo. La mayoría murió de muerte instantánea, unos no porque se llegaron a conectar por WhatsApp. (Lilian Bustos Ubaldo, contadora de Aguilera Contadores, de donde fueron la mayoría de las víctimas. Ella explica que firmaron acuerdo de confidencialidad sobre las cuentas que llevaban; se sabe que unas eran de gobierno)

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El sábado 23 me formé en la línea de voluntarios para entrar a la zona cero donde sacaban escombros. La instrucción que recibí era mantener a los medios de comunicación afuera porque estaban generando confusión, y las familias se enteraban así de cosas que no habían pasado, los teníamos que tener en zona restringida y no dar acceso. Después me surgieron dudas porque los familiares en la zona cero se enteraban por otros lados que sus hijos o hermanos llevaban días en el Semefo, estaban en las banquetas esperando encontrarlos y nadie les decía. Los voluntarios también teníamos duda de la velocidad cómo se hacían las cosas, a diferencia de otros edificios los rescatistas sentían que aquí las cosas iban más lentas (…) El domingo me toco subir y ser líder de brigada, estuvimos sacando escombros. La Sedena nos pedía reportar todo lo que encontráramos: un disco duro o USB. Había gente arriba vigilándonos. Salía de todo: sillas, artículos personales, bolsas, mucho escombro, piedras, tarjetas de presentación, computadoras. (Isabel Gil, voluntaria)

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El gobierno restringía mucho el trabajo. La Marina y la Federal obstruían el trabajo de voluntarios y topos, no los dejaban pasar. No sé si resguardaban algo ahí que les importaba mucho. Para nosotros cada minuto que pasaba era una respiración de vida. Nos alarmamos, desesperados, con pancartas fuimos a exigirles que trabajaran. Solo nos daban mala información. Morgan (el enlace del gobierno capitalino) decía todos los días lo mismo, ‘que ya estamos en el 4 piso, que vamos a entrar’; era como su títere. Eran 72 horas perdidas que, usted sabe, si en ese tiempo hubieran trabajado como trabajaron después hubieran salvado muchas vidas. Lo que nos decían a nosotros no era cierto. Por eso hicimos como tres protestas. Hasta que llegó Roberto (Campa, el subsecretario de Gobernación), empezaron a trabajar, y un grupo de familiares pudo acercarse. Cuando volvió mi tío del recorrido me dijo está hecho un terror ahí, huele feo, no vemos que haya vidas. El sábado cuando sepultábamos a mi prima, ella se recibiría en finanzas. Ella trabajaba en ese edificio en contaduría, en el piso 4. Cuando le hablaron a mi tío a verificar si era ella, sí, por la ropa y unos detalles que se había hecho ella en las uñas: unos corazoncitos. (José Genaro García, comerciante mazahua, primo de Noemí Manuel, pasante en el despacho de contadores; su cuerpo no estaba descompuesto cuando fue rescatado el sábado 30; sin embargo, en su acta de defunción escribieron: muerte instantánea) 

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Los muertos los dejaban unos en el techo, ahí vi dos, otros en el estacionamiento, vi como 10. A todos los sacaron por la parte de atrás, ahí los tenían, que por órdenes. No podía preguntar porque me bajaban. Me pidieron que cooperara para sacar a Michelle, la hija del señor Castillo, yo no sabía que era ella, sólo decían que era ‘Castillo’. Cuando lo conocí le dije que a su hija la habíamos sacado el viernes, no sé cuántos días después se la dieron en el Semefo. Ni yo me explico qué quiso tapar el gobierno: si no eres militar o del gobierno no dejaban que vieras, a los civiles que ni se acercaran. Siento que los días que estuve tardaron, descansaban mucho, se paraba mucho el trabajo, tenía que haberse hecho más organizado. (Soldado que pidió el anonimato) 

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Los marinos no nos dejaban acercarnos a la puerta de la mueblería (vecina del 286) que era donde olía. Cuando ingreso a poner polines de refuerzo había un pasillo, y un área restringida, adentro una puerta, un marino decía que me fuera. Le pregunté Qué pasa aquí. Por qué preguntas. Porque aquí está mi cuñada atrapada. Me estuve metiendo a diario a la mueblería, pero no dejaban pasar más allá. Vi cuando metieron unos bultos, una bolsa, pregunté qué es y me dice que qué me importa, y me saca, y lo codeo. Nos decían que nada más nos dedicáramos a poner polines. Nunca daban razón de nada. Nos pidieron hacer camillas de madera que pusimos atrás del baño portátil (calle Cacahuamilpa), los militares no nos dejaban pasar, de una casa de puerta negra con arcos sacaron un cuerpo envuelto en una manta, lo aventaron a una camioneta verde militar. Le dije: No te pases de listo, no es tu familiar, por qué lo avientas. Me dijo: Retírate de aquí a tu área. Había 10 militares en ese sitio. (Alejandro Romero Rodríguez, tianguista y familiar quien fue voluntario en el área de carpintería) 

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Vimos a los rescatistas de España que salían con bolsas blancas y las llevaban afuera de su tienda y se acercaban los de las SEMEFO a revisarlas, cerca del edificio por donde supongo era el estacionamiento no ingreso en su totalidad, y comenzaron a subir cuerpos en bolsas para cadáver blancas no pude ver cuántos subieron. (Fernando Cadena, poblano, área de carpintería)

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Había momentos en que apagaban todas las luces, todo negro. ¿Qué pasaba? ¿Quién sabe? Si te veían con el celular prendido decían que estabas entorpeciendo la búsqueda porque la electricidad interfería con los aparatos de los topos. Nunca daban explicaciones. Cuando la gente se empezó a alborotar era porque los familiares que estaban en carpintería o psicología les filtraban información. Nunca te informaban. El 23 de septiembre en la noche oí a un soldado decir que había encontrado un cuerpo que estaba en cuclillas, pero no daban información que por protocolo. Donde quiera había militares armados, marinos, policías especiales. (Nayeli Martínez Estévez, voluntaria, comerciante).

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Por ahí del día 4 o 5, a los rescatistas españoles les dieron el ingreso y les permitieron con los israelitas que tomaran el control de los rescates. Uno de los atrapados era un empresario español, Jorge Gómez Varo, iban por el español, no por mi esposa, y todas sus labores se centraron en el piso 2. No dejaron que los coreanos sacaran seis cuerpos que encontraron, sólo podían sacarlos los españoles de ese sector. No entiendo los acuerdos en lo oscurito ni los tratos privilegiados a los españoles. Personas que estaban colaborando con el ejército israelí decían que hubo retraso de actividades de rescate por la fuerza que tenían estos rescatistas españoles. Incluso los mismos japoneses al enterarse decidieron retirarse. No tenían juntas de coordinación de labores de rescate entre todos, los únicos que entraban con la gente del gobierno federal eran los españoles.

(…) Los brigadistas decían que los cuerpos estaban en la mueblería, por estos rumores se hizo un conato entre los familiares y Morgan, queríamos más información. Acordamos un procedimiento muy humano: que si tu familiar salía con vida te decían si la habían llevado a un hospital, si estaba muerta identificaban de manera rápida, limpiaban el cuerpo, te llamaban de manera personal, con una psicóloga acompañante. Un procedimiento lógico, muy humano. Mi esposa Carolina duró prácticamente 7 días atrapada. Nadie me dijo cuándo la rescataron y llevaron al Semefo. Unos días antes Locatel me había llamado para decirme que estaba viva porque tomó una lista que estaba en redes sociales. Apenas ayer me mandaron llamar del área de atención a víctimas de la Procuraduría, una Leticia Robles, y me pide que regrese al sitio. Cuando llego me dicen que tienen la pelvis de mi esposa. ¿Cómo, les digo, si a Carolina no le faltaba ni una uña? Estaba completa. ¿Cómo es posible que no lleven registros, procesos, procedimientos, sean tan ineptos? (Jorge Gómez Zamarripa esposo de Carolina Muñiz, muerta, madre de dos hijos) 

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 Los rescatistas españoles se quejaban porque estaban muchos: israelíes, japoneses, americanos, panameños, les chocaba que le hubieran dado el mando al equipo israelí que no sigue protocolos de certificaciones de Naciones Unidas y pone a los demás en problemas. Decían que por culpa de los israelíes no los dejaban acceder a los cuerpos de los sobrevivientes, porque había 3, 4 personas con vida. Que se complicó mucho el rescate, acabaron tardando una eternidad (…) Sabía yo de las quejas de las familias por los cuerpos, le pregunté a uno de los militares españoles y me dijo que, aunque sepan que hay gente con vida y se puedan comunicar con ellos, no pueden decirlo abiertamente a las familias, por protocolos internos. Lo mismo decía del proceso reconocimiento de los cuerpos: cuando sacan alguno no pueden andar notificando a todas las familias, lo llevan a una zona de identificación, no dicen nada, se ponen a hacer pruebas, supongo que en principio para ver si lo pueden reconocer para no estar alarmando a 50 familias cada vez que sale un cuerpo. (Manuel Gallego, español, amigo de Gómez Varo) 

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Estuve apoyando en el ingreso de los rescatistas coreanos a Álvaro Obregón que entonces era la única zona de desastres donde aún había víctimas, en todos los demás edificios se habían acabado. El gobierno se opuso al principio a que ingresaran. Se fueron un poco decepcionados: cuando detectaban cuerpos no les permitían sacarlos, decían que había un acuerdo entre el gobierno federal y los españoles para ser los únicos que extrajeran. No se fueron satisfechos, diría que se fueron hasta tristes. Los chilenos se fueron de ahí casi junto a japoneses e israelíes porque no les permitirán rescatar, sólo podían decir en qué cuadrante y zona estaban, pero no rescatarlos. Otra queja es que en el protocolo internacional se tienen juntas por las noches para planear, pero Protección Civil sólo convocaba a los españoles (Tonatzin Cortés, radialista).

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El ciudadano percibe que hay desorden, caos, porque no domina los aspectos profesionales de cómo debe reaccionar protección civil. Por protocolo, y no porque se le ocurra ocultar a la gente, en un edificio con 40 personas atrapadas, se adapta un lugar para depositar los cuerpos para el proceso de acreditación fotografía, peritaje, y posteriormente se establece una morgue o un lugar donde se puedan mantener. Mucho se hace en la zona. No se puede hacer un desfile de cuerpos o mostrarle ‘este es su familiar’, hay que tener respeto. Es lógico que ocurra. Por protocolo se busca un lugar para avanzar el trabajo de reconocimiento en la misma zona. En Álvaro Obregón las víctimas se trataron con respeto. Desconozco cuál es la costumbre, la cultura, pero se hicieron bien las cosas. (Francisco Lermanda, jefe de brigadistas chilenos, quien explicó que bajo la coordinación de Erum cada grupo –España, Israel, Corea, Chile, Colombia, se dividieron sectores de trabajo que era complejo: si había mucho movimiento, colapsaba. Si pararon las labores fue para pasar radares, perros, sondas, perforaciones y técnicos que requieren desalojo y freno de labores. A su juicio, hay que mejorar la coordinación en la zona de rescate).

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Una criminóloga le dijo a un familiar, cuando fue a preguntar en el Semefo, que estuvieran atentos porque a sus familiares se los iban a entregar en cajita, cremados. Eso generó mucho rumor o incertidumbre, y el comentario: Nos los van a desaparecer. Toda la crisis de desaparecidos en México aquí hizo eco. (Ximena Antillón psicóloga de Fundar)

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Cuando las organizaciones llegamos nos preocupó la situación, las condiciones en las que estaban, la desinformación. Uno de los rumores que corrían entre las familias es que si no hacían nada iban a desaparecer a sus familiares y los iban a incinerar. Decían unos: Va a ser como en Ayotzinapa. Ellos estaban sufriendo una desaparición, la vivieron hasta que no les entregaron el cuerpo de su familiar. No había lista oficial de personas desaparecidas y rescatados. Se sabía que habían sacado cuerpos de manera oculta, las familias tenían que salir 2 veces al día a mendigar información en los Semefo a ver si ahí habían llevado un cuerpo, querían la presencia de un alto nivel de gobierno federal y local con todas las familias, porque no se estaban coordinando. Con la llegada de Campa (subsecretario de Segob) y (la subprocuradora Sara Irene) Herrería, el martes (26) se avanzó mucho en el mecanismo de información y de identificación in situ. (Araceli Olivos, abogada del Centro Pro, del grupo de organizaciones que monitorearon las violaciones a derechos humanos en los edificios). 

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Cuando empezamos a reclamar con la televisora, y enfrentamos entre todos a Morgan, cuando ya estaban pasando por Periscope los reclamos, a las dos horas ya tenían el cuerpo de mi hija y de la esposa de Jorge y otro más en el Semefo. Ese día ya nos avisaron. (David Castillo, padre de Michelle Fernanda, la joven rescatada días antes, pero mal identificada; su expediente aún conserva que tiene entre 45 y 50 años de edad, aunque tiene 23)

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Después de todo tuvimos logros de que no sacaran los cuerpos así, sino en un tráiler de servicios forense con congelador y que ahí le hicieran las pruebas. Eso disminuyó la ansiedad. Ante la barbarie, ineptitud, violación de derechos del personal del estado que se vio rebasado en sus capacidades, al final, al menos aprendieron a tratar dignamente a la gente y a escuchar sus exigencias. (Edgar Bautista, médico voluntario, acompañante de familias)


Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la fuente.

Nota: Una versión de este texto fue publicada en la revista Proceso.

Categoría: Crónicas y ReportajesCobertura Sismo CDMX

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Marcela Turati

Reportera freelance, ha trabajado en la Revista Proceso, en los periódicos Reforma y Excélsior (México) y ha publicado en medios mexicanos y de Estados Unidos, Perú, Venezuela, Chile, Uruguay, Colombia, Ecuador y Argentina.

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Ximena Natera

Soy aspirante a la buena imagen, a la buena crónica, a la buena historia, soy aspirante al buen periodismo. Las historias de horror, miedo e injusticia que vimos y escuchamos a lo largo del camino me dejaron un hoyo en el estómago, la única manera que encuentro para cerrarlo es compartir estas mismas historias una y otra vez, con la esperanza de que la indignación se propague y, como dice el periodista Oscar Martínez, contribuya a iluminar poco a poco las esquinas oscuras.