Mujeres ante la guerra

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Bajo la piel; violencias cruzadas

Una guerra silenciosa y cotidiana ha entrado al hogar y los cuerpos de las mujeres de Guanajuato. Sus cuerpos lastimados y abandonados al margen de una carretera permiten trazar las nuevas rutas del crimen organizado que busca el control del territorio

Texto: Emanuela BorzacchielloFotografías y video: Erik Meza
12 de Febrero de 2017


Si hace 10 años la mayoría de las mujeres víctimas de violencia doméstica eran asesinadas con armas blancas -cuchillos, tijeras, horca- y sus cuerpos se dejaban en la propia casa, ahora, con la incursión de la delincuencia organizada, los crímenes han mutado: las mujeres son asesinadas con armas de fuego. El afuera entra dentro. También el lenguaje cambia y se enriquece con vocablos inesperados. Por ejemplo, la enmaletan, la llevan fuera de la casa y la dejan en el barrio, en lo que era su barrio, como un trofeo, como patrón de control del territorio.

Hoy, el victimario no quiere borrar las huellas de la matanza, quiere mostrar quién detenta el poder, quién gestiona el miedo, quién puede decidir.

Hoy, cuando se quiere dominar un territorio, hay que marcarlo y para hacerlo se usan los cuerpos, sobre todo los que representan mejor el poder de la conquista: los de las mujeres. Siguiendo sus cuerpos –torturados, desechos, abandonados en el margen de una carretera-, se pueden trazar las nuevas rutas de la criminalidad. Y entender cómo la violencia se ha transformado y ha penetrado hasta las capas más profundas de un territorio, el hogar, el espacio íntimo que hay bajo la piel.

En la última década, la violencia hacia las mujeres mutó. Ahora la llevan fuera de la casa y la muestran al barrio como trofeo, como conquista sobre el territorio

I. LA PIEL QUEMADA

 Lucía

“Te mereces un amor que te haga sentir segura, capaz de comerse el mundo cuando camina junto a ti, que sienta que tus abrazos son perfectos para su piel” (F. Kahlo)            

Siempre supo que podía pasar, de un momento al otro, así de repente. En el armario, escondida, ya tenía preparada una maleta. Ligera y frágil para contener toda una vida y huir con toda la fuerza posible. Su esposo la pegaba desde que se dieron el primer beso, pero ella seguía cuidando el espacio del hogar y reconstruyendo, sobre las ruinas de silenciosas violencias cotidianas, un amparo posible.

“Vivo en una colonia muy envenenada emocionalmente. Muchas mujeres son golpeadas, pero todo el mundo dice 'no es mi problema, yo no puedo ayudarla'. Y eso es lo que me molesta. Me he ganado muchos problemas a raíz de eso, porque yo soy de las que ve y actúa. Llamo a la policía o hago algo. He llegado a enfrentarme y confrontarme, pero es difícil porque nos enseñaron a 'no meternos en los que no nos correspondía'. Incluso mi propia familia se molesta, me dicen: 'no te metas'.

Lucía, la mujer que comparte su relato, siempre contesta sarcásticamente: “les digo: '¿si estoy en su lugar no me van a defender?' Y sé que no, porque yo ya estuve en el lugar del otra y no me ayudaron”.

Ella es frágil, determinada, transparente. “Soy una persona que se ve cómo estoy: si estoy contenta, estoy contenta, si estoy triste hasta me preguntan: '¿qué te pasa?.'  Se ve en mí una persona muy firme en lo que va a hacer. Fracasé mi matrimonio, pero estaba salvando mi vida, no podía quedarme con una persona que casi me mata”.

Lucía nunca se sentía segura. Ni cuando logró rescatar con su trabajo a toda la familia de la crisis económica que golpeó el país y a su pequeña empresa en el año 2009. Ni siquiera cuando nació su primer hijo. Tenía menos de 30 años cuando el contexto cambió rápidamente en Silao, así como su vida.

En 2009 ya nadie podía atreverse a decir que no pasaba nada. Una bomba hirió el centro de la ciudad: explotó en la Procuraduría de Justicia, dejando a varios agentes lesionados y la amenaza visible de la guerra entre el cártel de la Familia Michoacana y Los Zetas, en ese “pueblito” a media hora de Guanajuato capital, ahora un territorio en disputa. 

Cuando en Silao empezaron a aparecer cabezas decapitadas, ejecutados en las comunidades o narcomantas, ya hace tiempo que en casa de Lucía ha entrado la primera arma de fuego. A partir de lo que sentía bajo la piel, Lucía comprendió que el grado de violencia estaba cambiando: “como mujeres nos domestican para que tengamos miedo, y digo 'domestican' porque nos controlan a través del miedo”. Se sentía siempre controlada y abusada: él la controla a partir de las cosas que más le gustan, que más la hacen sentir viva: “me decía: 'no vas a ir a tu curso si no me traes dinero'. Yo siempre estudié más, aparte de tener ya mi título”. 

Cuando su marido empezó a drogarse, la pegaba más duro. “Si no me traes dinero voy a matar al niño, decía”. Cuando encañonó al hijo con una pistola, las amenazas traspasaron un nuevo umbral de intensidad.

“Un día llegó, me empezó a golpear de nuevo, pero yo no me dejé. Le golpeé yo también, para defenderme. Cuando se dio cuenta de que ya no podía conmigo, empezó con el niño, que tenía solo dos años por entonces. Así que con un cuchillo lo apuñalé por la espalda. Tuve que salir de la casa. Llena de sangre y con mi hijo a cuestas, llegué a la policía y le demandé por la violencia y por todo lo demás. Pero me equivoqué, porque él también me demandó. Siempre pensé que iba a llegar este momento, tenía una maleta lista en el armario, pero nunca pensé que le iba a hacer lo que le hice. Después de la policía, me fui al hospital para que revisasen al niño. Todavía tenía el cuchillo conmigo. Todavía traía conmigo todo lo que había hecho”.

Antes que nada, Lucía tenía que salvar su vida y sentirse segura. “Me quitó la casa, las acciones de la empresa, me quitó las ganas de vivir. Ya me cansé de ser víctima, que todo el tiempo me digan que no puedo. Hoy soy felizmente divorciada, aunque mi familia no me apoya porque para ellos yo tenía que quedarme con él, aguantar. Trabajo para mí misma y cuando el ayuntamiento me proporcionó terapia gratuita la tomé, pero ahora ya no, porque ya se acabó y no puedo pagarla. Hoy me siento más valiente, pero sí, ha habido momentos duros en los que me he caído. La seguridad para mí es tener un respaldo, saber que si me pasa algo hay alguien que me echará una mano. Sentir que tienes un brazo derecho es indispensable”.

Cuando conocí a Lucía toqué con las manos la densidad emotiva y material con la que la violencia ha cambiado en esta última década. Hoy las mujeres más jóvenes viven en un sistema que lleva la violencia criminal al interior de sus casas. Ataques que llegan rápido y dejan huellas profundas.

Los ataques a las mujeres dejan huellas profundas. El Centro de Derechos Humanos Victoria Díez trabaja de la mano de ellas 


Consuelo


 “El acto surrealista más simple consiste en salir a la calle con un revólver en cada mano y, a ciegas, disparar cuanto se pueda contra la multitud” (A. Breton)           

María del Consuelo Aguirre conoce cada esquina de Silao y las historias que la atraviesan. A los 16 años trabajaba ya en el periódico AM y desde los 18 es reportera en Silao. Con tres hijos, siempre hay poco espacio en casa, así que Consuelo transforma el único rincón que le queda, la entrada, en la redacción de El Otro Enfoque, revista web. Un proyecto editorial que marca la diferencia en el periodismo independiente de Guanajuato. Y visto que la independencia se paga caro, al lado de la redacción abre una pollería.

“En todo este proceso de deslindarnos del gobierno y ser independientes, con mi marido abrimos dos puestos de pollos rostizados en Silao, uno estaba en el barrio de Zopeña. Un día nos llaman por teléfono y nos dicen que debíamos empezar a pasar lista, ir a la junta de comerciantes e integrarnos al padrón que cada uno tenía”.

Debían pagar el 'derecho de piso'. En Zopeña, el Cártel de Jalisco Nueva Generación tiene el poder, gestiona el miedo y detenta la capacidad de decidir. Para abrir cualquier negocio, es necesario acreditarse con ellos. Consuelo aprendió a activarse y a tomar decisiones rápidas: “ya vimos cómo ceder y pagar el derecho de piso paralizó la economía de los demás locales y de la ciudad, causando temor e inmovilización. Así que, de un día para otro, cerramos la rosticería. Y por ahora no nos siguen llamando”. 

En 2009 empezó la batalla más dura por el control del territorio en Silao. Esta batalla se explica en dos antecedentes. El primero data de 1994 cuando entra General Motors iniciando así la conversión de Silao en el parque industrial más grande de América Latina. El segundo, es un cambio económico en el 2006 cuando se pone en marcha la venta de tierras a las empresas que formarán el Puerto Interior: intermediarios compran baratas las tierras a campesinos y el Estado las vende al triple a las empresas.

“Los hombres venden sus tierras con la promesa de que les van a contratar en la misma empresa o les ofrecen camiones para llevar a los obreros a las empresas, como transporte privado”, explica Consuelo. “Los Rodríguez es una de las comunidades a las que les ofrecieron camiones y la más cercana a General Motors. Hoy, es la comunidad con más narcos y más violencia contra las mujeres, en la que si entran camiones sin permiso los apedrean. Paradójicamente, también es la zona donde hay más policía. Hay muchos policías allí, pero es la zona más violenta. En Los Rodríguez, hace diez años las mujeres tenían su tradicional segmento de agricultura, ahora son sobre todo ellas las que se han quedado sin nada”.

Ese cambio económico en Guanajuato coincidió con la llegada de droga a las familias. “En el 2006 uno decía 'que tal o cual es drogadicto', pero después nos dimos cuenta de que la droga estaba cada vez más cerca de nosotros. En el 2007-2008 pasaron cosas muy fuertes en Silao, se veía que el narco ya había llegado, quizá no lo estábamos viendo físicamente, pero lo sentíamos”, recuerda Consuelo.

 

* * *

En México, el antecedente de Ciudad Juárez muestra cómo desde finales de los noventa y, en particular, a partir del 2006 con la puesta en marcha de la “guerra contra el narco”, las prácticas de desaparición forzada, tortura, violación y secuestro sobre los cuerpos de las mujeres sirven para negociar el territorio. Hoy en día, Juárez es todo México, una forma de simbiosis entre violencia, cuerpo y territorio. Silao es un ejemplo de ello.

En el interior del Puerto las empresas obedecen los estándares de seguridad laboral y el salario de 800 semanales es mejor que en otras regiones del país. Guanajuato es el estado-símbolo del “buen gobierno” que necesita mantenerse limpio. Aquí, el poder no está en la producción, sino en la circulación: en el transporte de mercancías, donde lo legal se entrelaza constantemente con lo ilegal, como la droga. 

“Se conocen los límites que pactó el mismo gobernador, que llamó al ejército para proteger la zona guanajuatense entre Pénjamo y La Piedad. Pero en realidad la criminalidad organizada ya estaba en todos lados. Lo que hemos vivido en los últimos meses ha marcado la diferencia. Han sido más sádicos, hay más cuerpos descuartizados, abandonados en las carreteras, hay más mujeres desaparecidas”.

“Entre 2010 y 2012, la situación se calma. Parecía que no pasaba nada, que todo estaba en paz, pero la droga empezó a entrar y a generar enfrentamientos de barrios contra barrios, por ejemplo el de Zopeña contra el de La Piedad. La droga afectó a los jóvenes, sobre todo el cristal. Su piel cambió, ahora era diferente, como si fuera piel quemada. Desde el 2009 aparece un nuevo delito: los huachicoleros, principalmente en Silao. Los huachicoleros van y extraen los hidrocarburos de la red de Pemex, hay mucha gente que se dedica a eso. Está implicada toda una red de la policía municipal y estatal: hay vías de tránsito que tienen que estar protegidas. Las redes de narcos y los huachicoleros están relacionadas. Lo que se está dando ahorita es un enfrentamiento para pactar el territorio. En el año 2013 aparecen Los Templarios. Ponen carteles y mantas, en Guanajuato capital, en Silao, en León, para decir ya 'llegaron Los Templarios' y empiezan a matar gente, a amenazar”, relata Consuelo.

Con el pretexto de combatir a los huachicoleros, algunas voces locales consideran que el Ejército llegará a otras ciudades del estado.

Siguiendo la ruta del feminicidio se pueden trazar las nuevas rutas de la criminalidad organizada. Las huellas de los cuerpos de las mujeres abandonados en los márgenes de las carreteras, llevan a las “casas de seguridad”. Una de las zonas que se convirtió en foco rojo del feminicidio coincide con la vía de tránsito más usada por los huachicoleros, así como por el transporte de mercancías: el Corredor Agroindustrial Querétaro-León, el tramo que corresponde a la Región Laja-Bajío, Apaseo el Alto, Apaseo el Grande, Celaya y Villagrán. 

“Hace unos meses que el cártel de Jalisco Nueva Generación usa redes sociales para amenazarnos, ellos escriben: no venimos a maltratar o perjudicar a la sociedad, solo es con los malvados. Hasta ahora tenemos sobre todo droga sintética, ellos vienen a meter cocaína o heroína, y los asesinatos están siendo más terribles. Yo he visto realmente menos gente en la calle. Ellos mismos lanzaron una amenaza: a quien estuviese fuera de su casa a las 10 de la noche lo iban a levantar, así que mejor resguardarse”, dice Consuelo.

Ella aprendió a leer muy bien el territorio y a tomar decisiones rápidas para no caer en la trampa. “Nosotros estamos intentando no entrar en su juego, por ejemplo cuando suben algo a las redes sociales no lo replicamos, no queremos hacerles publicidad, pero el fenómeno se da a través de ellas. Lo más inquietante es que matan por azar. Un día pasan y matan en la colonia Villa de la Montaña, después pasan por el barrio Nuevo y terminan por el Hospital. Pasan y matan, no importa a quién”. 

Matan para marcar el territorio: a ciegas, disparar, cuanto se pueda contra la multitud.

En la mayoría de las colonias de la periferia de León no hay presencia policiaca

 

II. EL DERECHO A LA CIUDAD 


Ana
corre cada mañana. Se pone zapatillas deportivas, chándal y se cuelga una mochila en la espalda. En la mochila, un machete. Ana corre cada mañana con un machete en la espalda. Tiene miedo y le gusta correr. María tiene 14 años. Cada mañana cruza, para ir a la escuela, el puente del canal Sardaneta. María tiene miedo del puente, no se trata de un miedo sin objeto: un día sufrió una amenaza real. Cruzar el puente era la única ruta posible para ir a la escuela. Y con su familia decidió que la única opción era dejar de ir a la escuela. Yolanda se mueve siempre en bici. Un día, un policía le quita la bici y le dice que para devolvérsela se tiene que acostar con él. Después, ve que está embarazada y la deja en paz. Fernanda y Julia son amigas de toda la vida, viven en el mismo barrio, en la periferia de León. A las chicas les gusta maquillarse, salir juntas y disfrutar de los primeros pasos de autonomía. Por el barrio siempre pasa una patrulla. Un día les ofrecen subirse al coche, “las vamos a acompañar nosotros”, pero las llevan a una calle aislada y las obligan a practicar sexo anal. En algunos barrios de la periferia es bien sabido: la policía no viola como hacía antes, en lugar de la penetración eligen otras modalidades para no dejar huellas.

“Una madre me dice: ni las canas respetan ya, porque cuando mi hija viene conmigo le gritan de todo. Socialmente, la violencia contra las mujeres no tiene apenas importancia, incluso para las propias mujeres. Cuanto más crece, más se invisibiliza. Como en Guanajuato, todo el mundo cree que aquí no pasa nada. Hasta que no te toca, piensas: a mí no me ha pasado nada porque cargo mi machete”. 

Esto me dijo Ángeles López que, con Ana y Felipe, fundó en el año 2001 el Centro de Derechos Humanos Victoria Díez, el primero en Guanajuato.

“En el canal de Sardaneta había una caseta de vigilancia para limitar el acceso al zoológico y se tenía que pasar por este puente para ir a la escuela. Allí violaron y torturaron a muchas chicas. Nos preguntamos: ¿qué podemos hacer? Así que empezamos a trabajar el tema de mujeres en el espacio público. Empezamos a contar públicamente todo lo que podía suceder en este trayecto. Muchas cambiaron de hábitos: ya no caminan solas, no salen de casa hasta que no llega el marido, cambian de modo de vestir, intentan no tomar el transporte público”.

En estos 10 años, la violencia en León se volvió interclasista: las víctimas provienen de barrios de clase alta y baja. 

Ángeles me cuenta que, en sus primeros años, el Centro intentó cubrir casos de trata, desaparición, tortura, pero estos casos aumentaron y no les daba la vida para seguir. La realidad les enseñó sus límites y ahora el centro trabaja en prácticas de transformación del territorio y en la educación. 

“(Trabajamos) de igual a igual. No vamos a enseñar nada, solo a compartir derechos. Pensamos en lo que queremos impulsar juntas y lo hacemos en un determinado tiempo. Las cosas se cambian a través de pequeños gestos, en la vida cotidiana. Uno de los logros más grandes del Centro fue armar un diplomado en derechos humanos. Ya hemos formado 12 generaciones de mujeres. Nos ocupamos de qué hacer: ¿cómo acompañar a la otra?, ¿cuáles son los tipos de violencia que sufrimos?, ¿qué pasa en los espacios públicos? Abordamos el derecho a la ciudad. Aquí en Guanajuato las mujeres no existimos como sujetos de derechos, existe la familia, hay una orientación familista de la sociedad”, dice Ángeles.

En León se ve el entrelazamiento de empresa, política y criminalidad organizada, me dijo el activista Raymundo Sandoval. Y Ángeles acabó de dibujar el cuadro: “la ciudad está administrada como si fuera una empresa. Si vas a un parque, al zoológico, al metropolitano, tienes que pagar; el resto se convierte en un basurero. El abandono contribuye a la violencia”.

En el Centro Victoria Díez lo que piensan es que las formas de la violencia son ahora más brutales: “eso se puede notar en los casos de feminicidio. Cuando no las matan con armas, las acuchillan, pero les dan 40 cuchilladas, como si no fuera suficiente una”.

Para Ángeles, la ruta a seguir está clara. 

“La revolución acontece en el cotidiano. En estos años hemos visto que son las mujeres las que vuelven habitable un territorio: friegan, barren, ponen allí su plantita. Probablemente, no tenemos que partir de la larga lista de violencias y violaciones, sino centrarnos sobre todo allí donde la gente pone las entrañas cada día. Porque cada día hacen vivible un espacio y su vida. Eso motiva. La vivienda y el espacio público. Limpian, van introduciendo los servicios donde no los hay, van volviéndolos dignos para ellas y su familia. Y eso las mueve cada día para que haya esperanza y transformación aquí y ahora, no cuando triunfe la revolución o cuando, por fin, el Estado venga”. Así, se aprende que cuidar tiene un sentido muy denso.

Cuidar un territorio implica una fuerte dimensión afectiva y política: construimos y damos forma a la geografía según cómo lo habitamos. El territorio es como una matrioska, hecho de micro y macro geografías del orden social que se contienen una a otra, y donde los primeros espacios que habitamos -nuestro cuerpo y nuestra misma casa- son como un diafragma entre el adentro y el afuera. Analizando las formas de violencia ejercidas contra las mujeres, se puede entender cómo sus cuerpos son hoy un laboratorio donde se experimentan los mecanismos de tortura que después se extenderán y generalizarán para engrasar los mecanismos cada vez más sofisticados del control social. Y escuchando sus prácticas de vida, podemos entender cómo interrumpir esos mecanismos e inventar una vida más común y más libre 

En el Río Sardaneta, de León, han encontrado cuerpos de mujeres violadas y torturadas. Para ir a correr al parque Lineal, las mujeres se acompañan con perros