Mujeres ante la guerra

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 Amapoleras


La guerra contra las drogas recae con más fuerza contra el eslabón más débil de la cadena del narcotráfico. En la Montaña de Guerrero cada vez son más las mujeres que cultivan amapola para la producción de heroína, ante la falta de ingresos y la ausencia de sus maridos. Son ellas quienes más sufren la violencia criminal y –también- la estructural, al vivir en la región más pobre del país

Texto: Majo Siscar. Video y Fotografía: Mónica González
23 de Febrero de 2017


Alejandra calienta tortillas en el comal mientras las gallinas buscan entre sus pies alguna migaja que se haya despegado masa. Julia se tomó unos días libres de su trabajo en la Central de Abastos y ahora fríe unos huevos en la lumbre junto a su madre. Pedro todavía deshace su mochila de estudiante universitario mientras el pequeño Martín, de 11 años, tirado en la cama, juega con el celular de su hermana.

Se siente bien tener a los hijos cerca. El lunes Alejandra y Martín volverán a quedarse solos. Tener 9 hijos para vivir luego solita. “Pero acá ya no hay qué hacer, está triste acá”, se lamenta en voz alta Alejandra.

El 96 por ciento de los guerrerenses que vive en la región de la Montaña es pobre y 8 de cada 10 no llegan ni a comer como es debido. Malinaltepec, el municipio de Alejandra, es uno de los 10 más rezagado del país, con un nivel de vida equiparable al de África Subsahariana. Aquí también se encuentra una de las principales fuentes de ingresos del narcotráfico: los cultivos de amapola. México es el primer productor de goma de opio en América y en Guerrero se siembra 60 por ciento de la heroína mexicana, según el último estudio hecho por las Naciones Unidas y el Gobierno mexicano.

No es un cultivo nuevo. En esta región la siembra de la amapola fue introducida desde la Segunda Guerra Mundial. A sus 45 años, Alejandra, siempre ha visto la amapola como el único cultivo redituable. Aquí, donde el frío y la lluvia solo permiten una cosecha de maíz al año, ella aprendió a sembrar la adormidera con sus abuelos. Luego lo hizo con su marido y sus hijos.

“Maíz de bola”, la llaman en las comunidades. Mientras un kilo de maíz lo venden a 8 pesos, un kilo de goma de opio se vende entre 20 y 25 mil pesos, según la calidad del producto y la temporada. En la orografía escarpada de la Montaña cada campesino, con dificultades, puede llegar a juntar uno o dos kilos de goma al año. Lo justo para pagar los útiles escolares, los uniformes de los hijos, el jabón o el azúcar.

“Casi no deja, seguido vienen los federales, la gente mejor emigra”, se queja Alejandra con un castellano salpicado de su lengua materna, el mepha’a.

En su casa, las paredes de cemento llegaron en forma de remesa. Y solo alcanzaron para las dos habitaciones donde dormían todos. La cocina sigue siendo de madera y lámina.

Su marido emigró a Estados Unidos hace una década. Martín apenas ha convivido con su padre. Pero sabe que paga los zapatos con los que él camina ocho kilómetros cada día para ir y volver a la escuela. En las tardes, vigila el sembradío de su hermano. Pedro tiene 21 años y estudia desarrollo rural en la pequeña ciudad de Tlapa, el centro urbano más importante de La Montaña. Vive con otra de sus hermanas, que se dedica al comercio y ya casi no sube a la comunidad. Pedro tiene una beca para indígenas que acceden a la universidad, pero para completar los gastos siembra una pequeña parcela de amapola, a una hora de camino de casa de su madre por sendas donde solo se puede llegar a pie y escondida entre la milpa.

En 2015 la Secretaría de Defensa destruyó 85 mil plantíos de adormidera en toda la región. Pero el golpe es para los campesinos, no para los narcos.

“Yo por eso ya no siembro, con puro susto vivíamos, ¿por qué es delito que uno lo siembre? Y, ¿tantos qué matan y el gobierno no hace nada? Nosotros somos gente pobre, y si uno se esfuerza para mandar a estudiar a sus hijos, como los de Ayotzinapa, son la gente de La Montaña los que están estudiando allá, y ¿qué hace el gobierno? Mejor los mata, su gente del gobierno hace eso”, relata la mujer.

Alejandra y sus vecinos son el eslabón más débil de una cadena de narcotráfico que llega hasta los consumidores del país más rico del mundo, los Estados Unidos. Ese mismo país donde emigró el marido de Alejandra y tres de sus nueve hijos ante la falta de oportunidades en esta tierra.

Las familias de la sierra de Guerrero siembran en sus parcelas maiz, calabaza y amapola; el gramo de la goma tiene un costo de 20 pesos y logran cosechar un kilo por temporada.